Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que le presentase la región dorsal. Y
luego, con geométrica exactitud, le ubicó un puntapié didascálico entre las dos nalgas. Hecho lo
cual, y acercándose al duraznero, se puso a librar
sus frutas de las hojas excesivas que no dejaban
pasar los rayos del sol. Tseyü, que había caído de
bruces, pensó, con el rostro en la hierba, que aquel
puntapié matemático no era otra cosa, en el fondo,
que un llamado a la razón pura. Se incorporó
entonces, dedicó a Chuang una reverencia y se
alejó con el pensamiento fijo en la tarea que debía
cumplir.
En realidad a Tseyü no le faltaba tiempo: su jefe lo
había despedido tres días antes por negligencias
reiteradas, y Tseyü conocía por fin el verdadero
gusto de la libertad. Como un atleta