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El primer apólogo Chino
De: Leopoldo Marechal
El maestro Chuang tenía un discípulo llamado
Tseyü, el cual, sin abandonar sus estudios filosóficos, trabajaba como tenedor de libros en una
manufactura de porcelanas. Una vez Tseyü le dijo
a Chuang:
-Maestro, has de saber que mi patrón acaba de
reprocharme, no sin acritud, las horas que
pierdo, según él, en abstracciones filosóficas. Y
me ha dicho una sentencia que ha turbado mi
entendimiento.
-¿Qué sentencia? -le preguntó Chuang.
-Que "primero es vivir y luego filosofar" -contestó
Tseyü con aire devoto-.
¿Qué te parece, maestro?
Sin decir una sola palabra, el maestro Chuang le
dio a Tseyü en la mejilla derecha un bofetón enérgico y a la vez desapasionado; tras lo cual tomó
una regadera y se fue a regar un duraznero suyo
que a la sazón estaba lleno de flores primaverales.
El discípulo Tseyü, lejos de resentirse, entendió
que aquella bofetada tenía un picante valor
didáctico. Por lo cual, en los días que siguieron,
se dedicó a recabar otras opiniones acerca del
aforismo que tanto le preocupaba. Resolvió
entonces prescindir de los comerciantes y manufactureros (gentes de un pragmatismo tan visible
como sospechoso), y acudió a los funcionarios
de la Administración Pública, hombres vestidos
de prudencia y calzados de sensatez. Y todos
ellos, desde el Primer Secretario hasta los oficiales
de tercera, convenían en sostener que primero
era vivir y luego filosofar. Ya bastante seguro,
Tseyü volvió a Chuang y le dijo:
-Maestro, durante un mes he consultado nuestro
asunto con hombres de gran experiencia. Y todos
están de acuerdo con el aforismo de mi patrón.
¿Qué me dices ahora?
Meditativo y justo, Chuang le dio una bofetada en
la mejilla izquierda; y se fue a estudiar su duraznero, que ya tenía hojas verdes y frutas en agraz.
Entonces el abofeteado Tseyü entendió que la
Administración Pública era un batracio muy engañoso. Advertido lo cual resolvió levantar la puntería de sus consultas y apelar a la ciencia de los
magistrados judiciales, de los médicos psiquiatras, de los astrofísicos, de los generales en actividad y de los mas ostentosos representantes de la
Curia. Y afirmaron todos, bajo palabra de honor,
que primero había que vivir, y luego filosofar, si
quedaba tiempo. Con mucho ánimo, Tseyü visitó
a Chuang y le habló así:
-Maestro, acabo de agotar la jerarquía de los intelectos humanos; y todos juran que la sentencia de
mi patrón es tan exacta como útil. ¿Qué debo
hacer?
La Unión /27