REVISTA LA CRUZ 1062 ENE-FEB 2017 | Página 34

Por fin llegó el día, y ayer con el alma dolorida y el corazón apenado por haber ofendido a mi Dios me confesé de cuanto tenía en mi conciencia, pidiendo al Señor que se dignara lavarme con su divina Sangre para quedar limpia. Sentí, Padre mío, el efecto del Sacramento... no son explicables los efectos de la gracia, pero experimentó mi alma una ligereza, una claridad, diré, una limpieza y alegría indecible. Sentí, no sé cómo explicarme, la causa de la Redención y los efectos de la Sangre preciosa de un Cristo, derramada para la expiación y depositada en esa amada y santísima Iglesia...
Me ha quedado desde aquel momento, Padre mío, una muy grande delicadeza de alma, sin llegar al extremo del escrúpulo o a inquietudes, pero por ejemplo, si cae tierra en un lodazal no se nota, pero si cae en una fuente clarísima, luego se ve enturbiarse, aunque aquel efecto sea de momento y vuelva a recobrar su transparencia.
Me veo con nueva luz rodeada de peligros, siendo yo misma un enemigo capital. Por aquí veo saltar la vanidad en cualquier ocasión, ya el respeto humano, la soberbia, la impaciencia; es un batallar con este cúmulo de miserias, que es preciso estar con el plumero de la humildad constantemente en la mano para sacudir el polvo que cae al alma 1.
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Cuenta de conciencia 10,279-282: 7 sep 1898.
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