REVISTA LA CRUZ 1062 ENE-FEB 2017 | Page 28

De ahí que la solidaridad se ubique como la expresión humana de la responsabilidad social de cada persona y de la sociedad con el otro. Por ello, la solidaridad se considera como una exigencia humana, pues la realización de la persona pasa necesariamente por la realización de cada uno. Vivir es convivir, y convivir no es sólo“ vivir al lado del otro”. De modo que la solidaridad no es un mero acto puntual, sino una opción de estilo de vida que parte de asumir nuestra condición humana y nos pone a caminar junto a los demás.
El mes de septiembre pasado fui invitado por el Consejo Episcopal Latinoamericano( CELAM) a colaborar en un encuentro de obispos en torno a“ El papel de la Iglesia en la construcción de la Paz”. Allí me llamó la atención la experiencia de la Iglesia colombiana.
Cuatro años de diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno colombiano concluyeron en septiembre de 2016 con la firma de paz. En un momento dado, cuando los diálogos se empantanaron y muchos de los temas a negociar se fueron metiendo al“ congelador”, la Iglesia propuso a las dos partes traer al escenario a las víctimas de la guerra, para que pudieran dar su testimonio y ver cara a cara a sus victimarios.
El gobierno y la guerrilla aceptaron. Llegaron víctimas de todos los bandos, y la atrocidad de lo revelado, junto con el valor y dolor de las víctimas, comenzó a dar un vuelco a la mesa de negociación. Las víctimas develaron el problema más hondo del pueblo colombiano: la destrucción de la dignidad humana. «¿ Cómo fue posible que llegáramos a tanto?» Un guerrillero pidió perdón diciendo: « todos hemos estado atrapados en esa puta guerra …»
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