de dolor, su esposo un minero artesanal había muerto hace poco sepultado
por una roca, dejándola viuda a los 30 años de edad y con una pequeña hija
de seis años.
Su primo era el único familiar que le quedaba, porque hacía 4 años en un ru-
dimentario transporte fluvial su padre y madre murieron ahogados, cuando
la frágil embarcación naufragó llegando al Banco Magdalena.
Su esposo era buen padre y buen vecino, él con su fuerza y sudor arrancaba
de las entrañas de la Serranía de San Lucas las pelusas de oro que les per-
mitían sobrevivir; cada fin de semana llegaba a Monterrey a venderlas para
comprar el mercado y los dulces para su adorada hija, tesoro de los dos espo-
sos, a quien pensaban darle estudio hasta convertirla en doctora.
Hortensia tenía la certeza que el último pensamiento de su malogrado espo-
so fue para su pequeña hija. Durante una semana 10 guerrilleros elenos junto
a los mineros lucharon infructuosamente para rescatar su cadáver pero no
lo lograron, por lo que el cura del pueblo declaró el sitio de la inmensa roca
como Camposanto.
Muertos sus padres, su esposo y su primo, ella y su hija estaban completa-
mente solas en el mundo, y aunque acrisolada por los golpes no estaba dis-
puesta a considerarse derrotada.
Las alivia que la comunidad las quería a ambas, a ella por honrada, trabajado-
ra y buena madre, y a Nita -como llaman a Ana Rosa-, por afectuosa y buena
estudiante; Nita no perdía un día de clase y portaba orgullosa el bolso para
echar los cuadernos que el profesor le regaló por ser la mejor alumna.
Los campesinos denunciaron la barbarie
Finalizando junio la tensión no podía ser mayor, las comunidades se alista-
ban para movilizarse porque además del ataque a Cerro Burgos, el 11 de junio
otro grupo paramilitar de 100 hombres quemó el Corregimiento de Vallecito
en San Pablo, donde asesinó a varios campesinos y desplazó a todos su ha-
bitantes.
Las comunidades decidieron movilizarse hasta la cabecera municipal de San
Pablo, pero dejaron a un pequeño grupo -entre ellos, Hortensia- encargado de
cuidar las casas de Monterrey, las mujeres, niños y ancianos que no llevaron
a la movilización.
MEMORIA COLECTIVA
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