Revista EL MOLINO Revista EL MOLINO -Primavera 2019 | Page 51
Diótima es el amor, y el amor
significa esa posibilidad de
redención, de transfiguración, de
retorno, de armonía con el otro y
con el todo. Porque el poeta en su
infatigable lucha de volver a los
orígenes desea retornar a lo
semejante, y el amor es aquello en
donde lo semejante se une a lo
semejante, la alianza que une a
todos los seres en la plenitud. El
amor eterno representa la alianza
que une a todos los seres en el
origen, y el amor es símbolo del
origen ya que, engendró al mundo
y es, por tanto, sagrado. En ella
personifica las más sublimes aspiraciones de
su espíritu, en ella se encarna su amor a la
alegría, su amor a la bondad sin disimulo, su
amor a la belleza.
Pintura de Caspar David Friedrich, Kreidefelsen auf Rügen (Acantilados Blancos en
Rügen, 1818)
¡Oh vosotros que buscáis lo más alto y
bello! [...] ¿Sabéis su nombre? ¿El
nombre de lo que es el uno y el todo? Su
nombre es belleza.
[...] y no nos detendremos hasta que todos los ojos se truequen en arcos de triunfo, hasta que el espíritu
humano, tanto tiempo ausente, surja radiante de los desvaríos y sufrimientos y salude, victorioso, al Éter
paterno… ¡Ah! Nuestro pueblo futuro no debe ser reconocido nunca sólo por su bandera; todo debe
rejuvenecerse, todo debe cambiar desde abajo; ¡la alegría debe estar llena de seriedad y todo trabajo ha
de ser más alegre! ¡Qué nada, incluso lo más pequeño, lo más cotidiano, carezca de espíritu y de dioses!
¡Amor y odio, y cada acento nuestro debe asombrar al mundo banal, y ni un solo momento, ni una sola
ocasión debe recordarnos el obtuso pasado!
(Hölderlin, Hiperión, I.2) )
El hombre no puede disimular que hubo un tiempo en que fue feliz como los ciervos del bosque,
y a pesar de los incontables años transcurridos, se apunta todavía en nosotros la nostalgia
por los días de aquel mundo originario en que todos recorríamos la tierra como dioses, antes
de que no sé qué domesticara a los hombres, cuando todavía les rodeaban por todas partes no
muros y maderas muertas, sino el alma del mundo, el aire sagrado. (Hölderlin, Hiperión, I.2)
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