Revista de viajes Magellan Magellan Nº41 | Page 58

varios días por San Petersburgo y Moscú era momento de adentrarme en la Rusia interior, y que mejor forma de hacerlo que viajando en el Transiberiano. Mi kupé era compartido, de cuatro camas. Tenía curiosi- dad por saber cual de aquellos pasajeros que se agolpaban junto a mí en el andén serían mis compañeros de viaje durante varios días. Deseaba que no fueran extranjeros como yo, sino rusos nativos para tener más contacto con su cultura, con su gente. Hasta ahora los rusos se habían mostrado distantes y fríos. Fui el primero en llegar al compartimento. Me había tocado una de las camas de arriba. Acomodé mis cosas en el pequeño espacio que tenía y me preparé para pasar la noche. Al momento la puerta corredera se abrió y apareció un chico adolescente seguido de una señora mayor que bien podría ser su madre o su abuela. Iban cargados de bultos y sacos. El tendría unos 18 años. Era rubio y la cara llena de granos propia de la adolescencia. Ella era una señora gruesa. El pelo rubio también aunque más claro que el del chico. Vestía un camisón largo de estampado de flores. Saludaron escuetamente y se dispusieron a colocar todo su equipaje en silencio mien- tras el tren iniciaba lentamente su marcha. Los primeros momentos fueron silenciosos, algo confusos. La señora no dejaba de mirar- me sin ningún pudor y el chico se mostraba más desinteresado en mí, recostado en su litera leyendo una revista. El tren comenzó a adquirir más velocidad. Hablaron en ruso y 58