Deberías observarlos a menudo. ¡Mira! Lo pondré en mi mano. ¿Lo ves? Ha ocultado sus antenas,
pero ya las saca de nuevo. Dame acá tu mano. Deja que repte por tu palma.
¡Ni loca! ¡Qué asco!
Se siente fresco y vivo. Mira qué belleza. Los dibujos en su carapacho son una explicación de algo,
una respuesta, una pregunta; el universo cifrado… Mujer: ¿tú me amas?
Exterminador o sal. Te doy sólo esta madrugada.
***
II
Entretanto, el caracol replegado en sus volutas, considera beber agua ahora que la primera lluvia
lo ha sacado de su letargo. No hay señales del hombre y la mujer que otro día lo estuvieron mirando.
Se apresura en la lentitud de la mirada ajena. Aunque para él no hay tal cosa como veloz o tardo.
Cumple sus ceremonias en el tiempo debido. Y el tiempo debido es hoy, es el aroma de la humedad
en la tierra, la promesa de gotas de agua en la piel de los alcatraces, en el terciopelo blanco de sus
ores. No hay timidez en el despliegue de la blanda longitud de su cuerpo, en el milagro de las
antenas al nal de la cual dos puntitos negros aparecen y hacen aparecer al mundo nuevamente
inventado. El agua es la memoria de los caracoles; agua y brotes tiernos, los frutos, la rugosidad de
las piedras. Ojos y pie, con el laberinto de su casa a cuestas, ha trepado por los tallos hasta las hojas
donde las perlas de agua son el prisma que los primeros rayos de sol han tocado. Ya bebe el caracol,
ajeno, quizás, a la gura que dibuja. Duermen el hombre y la mujer en sus propios laberintos.
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