Me doy un fuerte impulso para atrás. La gigantesca ola rompe en mi piel y al instante más y más olas pasan por encima de mí, la corriente me lleva hacia los adentros del mar, hacia las temibles profundidades. Al principio entro en un estado de pánico y pataleo por salir de allí arrepintiéndome de mi decisión, no me da tiempo a coger una simple bocanada de aire ya que otra ola se me hecha en cima. Me canso de luchar contra el mar al ver la silueta de él rodeándome con sus brazos y pienso “bien, hasta aquí he llegado, voy a dejar de luchar por mi vida de una vez por todas” Ahora estoy mucho más segura de mi misma, sé que estoy haciendo lo correcto. Me deslizo entre la marea mientras una neblina capa de enaguas flota alrededor de mi cabeza. En realidad, morir por ahogamiento en el agua tiene un cierto aire romántico oscuro, puedo decirme a mi misma que he muerto como algunas de las incontables heroínas literarias, por lo menos tendré la una muerte digna, ni más ni menos que la que yo he elegido por propia voluntad. Inhalo algo de agua, balbuceo, toso y inhalo más agua. Entro en un estado de calma y tranquilidad que jamás pensé pasar. Cada vez es más fuerte la comprensión y menor el dolor. Mi pecho se oprime y mis pulmones me fallan, total no tengo nada a perder, los días se habían vuelto grisees y lentos desde que él no está aquí, supongo que ahora ira todo a mejor, ahora me toca a mi ser feliz de una vez por todas. De todo corazón confieso que esta es la mejor sensación que he tenido en mi vida, mucho mejor que la de cualquier sueño. Si hay siete maravillas en el mundo la muerte, tu y yo, formamos la octava, el trió perfecto.
La fe es algo que nunca se pierde así que solo te pido que me esperes y me des las alas que necesito para volar junto a ti.