el matancero
“más chingón”
en cuadrillas de 10, 12 personas.
Juan Cruz es poco sociable, su ros-
tro serio y hasta enérgico me intimida,
trae un cuchillo fajado en el pantalón y
un paleacate amarrado en la cabeza, es
un hombre fuerte. Me contó que apren-
dió la labor “de los abuelitos”. Dice que
Viajar cada año hasta Tehuacán ya es
tradición en su comunidad, los jóvenes
se siguen sumando. “Son los chalanes,
y también hay maestros que nos dicen
cuándo ya sacar la carne”.
La carne de cabra se lleva hasta los
las calderas instaladas en gradas ar-
dientes, ahí fríe en la grasa del chivo. Las
herramientas que utilizan son hechas por
ellos mismos: un palo grande con termi-
nación en pico y otro que termina en for-
ma de cuchara.
También aprendí de la actividad de
los cortadores como José Salazar que
maneja un afilado machete y con una
habilidad sorprendente en cuestión de
20 minutos fragmenta y empaca unos
15 juegos de espinazo caderas. - de unas
11 porciones- Cuando no cortan, espera.
Pero hay días en que no hay que esperar
mucho. “A veces cortamos 300 (juegos)
en un día”, dice un joven que por el mo-
mento nada más ayuda a don José, quien
también aprendió “de los grandes”.
Don José con una voz ronca que, jun-
to con su estatura, impone observa a la
Virgen del Camino que está en un nicho,
a ella se encomienda todos los días antes
de la jornada.
La fiesta de Todos Santos, abre la
pauta para la celebración de los muertos
y el descanso; nadie tiene la vida com-
prada y Gabino éste año no regresó, los
otros trabajaron unos días.
Todos tienen la esperanza que el
próximo año sea mejor, más abundante
pero sobre todo que tengan aún vida.
Hoy por herencia hay jóvenes que se
han integrado a esta actividad, les gusta
porque recuerdan a sus antepasados, al-
gunos lloran mientras viene a su mente
la imagen de sus padres y abuelos que ya
no están, muestran nostalgia mientras
trabajan. Ellos son los nuevos protago-
nistas de la tradición que mueve la eco-
nomía, activa al campo, al comercio, a
hoteles y restaurantes y que por ello se
niega a morir.
El hacendado y sus hombres viven de
la tradición y los tehuacaneros disfruta-
mos con el estómago y el corazón.