Amor mío,
Nunca volveremos a ver la luz del día…
Rock. La voz me resultaba familiar; parecía la de Gabriel Wire, de los
HorsePower… pero esta canción no la había oído nunca. Pasé del tema y
enfoqué la lápida, gris y ajada, con la linterna. Durante unas décimas de segundo
tuve la extraña impresión de que iba a ver el nombre de Ashley escrito en ella;
como si alguien la hubiera asesinado y la hubiera enterrado aquí… y aquí
terminara mi búsqueda. Solo fueron unas décimas de segundo, pero un fuerte
escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
Lo primero que vi cuando el haz de luz iluminó la piedra fue que la lápida era
antigua y estaba muy ajada. Desde luego, si era para una mascota, el animal
había muerto hace mucho tiempo.
Bajé el haz y vi que había una inscripción. Imaginé que sería un epitafio. Lo
leí una vez. Luego, otra más… y, aun así, no entendía lo que quería decir:
TRABAJEMOS PARA QUE EL CORAZÓN CREZCA
A MEDIDA QUE ENVEJECEMOS
Y QUE, ASÍ, EL ROBLE EXTIENDA SUS RAMAS
Y SEA MAYOR NUESTRO REFUGIO.
—¿Tú lo entiendes? —me preguntó Ema.
La palabra « refugio» estaba escrita en may úsculas. ¿A qué se debería?
Aquello hizo que me acordara de mi padre y de la carta de renuncia de Abeona.
Refugio. ¿Sería coincidencia? Bajé el haz de luz.
AQUÍ YACE E. S.
ENTREGÓ SU INFANCIA A LOS NIÑOS.
—« Entregó su infancia a los niños» —ley ó Ema en alto—. ¿Qué coño querrá
decir eso?
—Ni idea.
—¿Y quién será E. S.?
—Puede que fuera su perro —dije mientras ponía cara de no tener ni idea.
—¿Un perro que entregó su infancia a los niños?
Buena observación. Tenía razón; no tenía sentido. Bajé la linterna un poco
más, casi hasta el suelo y allí… en letra más pequeña:
A30432.