Pensé en la última vez que había estado aquí… dentro de la casa. Pensé en
aquella vieja fotografía; en la mariposa que más tarde había descubierto en el
letrero de la tumba de mi padre; en la luz que se había encendido en el sótano
mientras estaba dentro. ¿Qué habría allí abajo? Y, sobre todo, ¿qué habría en el
piso de arriba, en la habitación donde la luz permanecía encendida?
—¿Mickey ?
—¿Dónde está el jardín? —hablábamos en susurros.
—Detrás del garaje. Por aquí.
Nos internamos en el bosque, pero no se veía nada de nada y nos detuvimos.
Apenas veía mi mano a un palmo de la nariz. Teníamos que arriesgarnos.
Encendí la linterna y enfoqué el suelo. Cuando llegamos al garaje, intenté mirar
dentro, pero no había ni una ventana.
—Es aquí detrás.
Miré hacia atrás, a la casa. Desde aquí, parecía que todas las luces estuvieran
apagadas. Me pregunté si seguiría encendida la del primer piso. Quizá la
Murciélago se hubiera dormido y a. Quizá se hubiera quedado dormida con la luz
encendida. O quizá hubiera muerto y por eso la luz seguía encendida. « Qué
cosas tienes, Mickey » , pensé.
Nos pegamos al garaje y lo bordeamos. Cuando llegamos a la esquina,
apunté con la linterna. ¿Pero qué…?
Ema tenía razón: allí había un jardín. No entiendo mucho ni de plantas ni de
flores, pero estaba muy bien cuidado y resultaba precioso. Aquí, en mitad de un
bosque salvaje y verde, había un vergel colorido y bien cuidado. Ocupaba una
zona de unos seis metros por seis, estaba rodeado por una valla de unos treinta
centímetros de altura y había un caminito, bordeado por flores, que lo recorría
justo por el centro. Y al final del caminito había algo que, efectivamente, parecía
una lápida.
Nos quedamos quietos unos instantes. De pronto, me pareció oír música a mis
espaldas. Débil. Música rock. Miré a Ema. Ella también la oía. Nos giramos
lentamente hacia la casa de la Murciélago. Las luces seguían apagadas… pero
era evidente que la música procedía de allí.
Ema volvió a encarar la lápida.
—Imagino que la tumba será para una mascota, ¿no?
—Imagino —respondí rápidamente.
—Vamos a cerciorarnos.
—Vale —me temblaban las piernas, pero decidí abrir la marcha.
Pasamos por encima de la valla, tomamos el caminito y nos detuvimos frente
a la lápida. Me agaché. Ema me imitó.
La música seguía siendo débil, pero ahora entendí algo de lo que decía la
canción: