—¿Qué pasa? —le preguntó Emma.
—El nombre del sitio.
—¿Qué le pasa?
—Tatus Mientras Esperas. ¿Pero qué nombre es ese? ¿Mientras esperas? Es
decir, ¿cómo te los vas a hacer si no? ¿Te arrancas el brazo y le dices al tío:
« Hazme una serpiente en el hombro, que mañana vengo a por el brazo» ? Pues
claro que esperas —y siguió riéndose solo.
—Será mejor que se quede en el coche —me dijo Ema.
Asentí y el Cuchara accedió a « vigilar» .
Cuando entré en el salón, me quedé sorprendido: « Qué limpio» . Esperaba un
lugar mugriento lleno de polvo; pero el sitio estaba más esterilizado que un
quirófano. Brillaba. Los clientes y los trabajadores iban de tiradillo, con vaqueros
y camisetas… y llenos de tatuajes y perforaciones. Me sentía como si estuviera
en una reunión de la familia de Ema.
—¿Qué hay, Ema? —le dijo la chica de recepción, que tenía la típica imagen
de chica motera, y le tendió el puño para que se lo chocara.
Me sorprendió que la conocieran por su mote. Asumí que era ella misma
quien se lo había dicho. Me resultaba curioso que le gustara tanto un mote que le
había puesto el gilipollas de Troy Tay lor.
Agente estaba al fondo. En las paredes había pósteres de dioses hindúes,
muchos de ellos en posturas de meditación. El tipo estaba quemando incienso —y
el humo me hacía cosquillas en la nariz—, y sonaba una música suave sobre la
que se oía la voz de una mujer que no paraba de repetir eso del « So-hum» como
un mantra.
Agente acababa de terminar un enorme tatuaje en la espalda: un águila con
las alas extendidas de hombro a hombro. El cliente necesitaba dos espejos para
vérselo bien; como cuando vas a la peluquería y te muestran la nuca.
—Buen trabajo, Agente —le felicitó el cliente.
Agente juntó las manos como si rezase.
—No lo mojes en dos semanas y no te olvides de darle crema. Ya sabes
cómo va.
—Ya te digo.
—Estupendo —Agente esbozó una amplia sonrisa en cuanto nos vio—. ¡Ema!
Se abrazaron.
—Tío, te presento a mi amigo Mickey.
Nos dimos la mano. La estrechaba con fuerza y noté que la tenía llena de
callos. Era pelirrojo y llevaba el pelo largo y recogido. La barba también la
llevaba larga y se la ataba con una goma de pelo. Evidentemente, estaba lleno de
tatuajes y perforaciones.
—Me alegro de conocerte, Mickey —me dijo con gran seriedad.
—Lo mismo digo.