REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Página 65

—No me vengas con eso. ¿Sabes qué es un « cómplice» ? Sabía a qué se refería. Pretendía hacerme ver que con mi actitud estaba ay udando a mi madre a que se destruy era a sí misma. Y, en parte, tenía razón. La estaba excusando. ¿Pero cómo le haces entender a alguien que…? —De no haber sido por mí —empecé poco a poco—, mi madre habría sido una de las mejores tenistas del mundo. Habría sido rica y famosa en vez de una viuda drogata a la que no le queda nada. —Hombre, nada no, te tiene a ti. Levanté las manos. No quería hablar porque sabía que se me quebraría la voz. No insistió. Una vez más, es como si supiera cómo tenía que comportarse. Nos quedamos unos minutos callados, allí, sentados. Eran casi las dos de la mañana. —Oy e, ¿tus padres no se van a preocupar? —No —y se cerró a cal y canto como la puerta de una caja fuerte. Ahora era y o el que no debía insistir. Se fue al rato. Volví a preguntarle si quería que la acompañara a casa. Frunció el cejo. —Lo digo en serio. Es tarde y no quiero que vay as sola. ¿Dónde vives? —Otro día. —Pero… —Otro día, ¿vale? No sabía muy bien qué debía decir. —Vale. Pero prométeme una cosa. —¿El qué? —y me miró con cautela. —Que me mandarás un mensaje cuando llegues a casa. Sonrió levemente y sacudió la cabeza. —… No lo dirás en serio. —Prométemelo o te acompaño. —Vale, vale —y suspiró—, lo prometo. El patio de la casa de mi tío comunicaba con el de los vecinos. Ema se fue por allí. Observé cómo se alejaba, encorvada, y me pregunté cómo era posible que, a pesar de haber jurado que no haría migas con nadie, esta chica se hubiera convertido en alguien tan importante para mí. En cuanto desapareció de mi vista, tiré hacia casa. El balón estaba en mitad de la cancha. Lo cogí y lo hice girar sobre el dedo índice. Miré el aro… pero era muy tarde. Seguramente, despertaría a los vecinos. Seguí dándole vueltas a la pelota mientras me dirigía a la puerta trasera. Pero, de pronto… vi algo que hizo que me detuviera en seco. Me pegué a la pared para que no pudieran verme. Mi corazón se puso a cien. Dejé el balón en el suelo y me deslicé poco a poco hacia la derecha de la casa, por el garaje. Cuando llegué a la esquina, agachado, eché un vistazo hacia la calle de delante. Allí estaba, a unos doscientos metros de casa, aparcado… un coche negro con las lunas tintadas. Parecía el coche que había visto junto a la