Se quedó observando la taquilla unos instantes y, después, volvió a mirarme.
Pensé que iba a seguir hablando, pero lanzó un último vistazo a la taquilla y se
marchó pasillo abajo. Nos quedamos mirando cómo caminaba. Y joder, ¡qué
bien lo hacía!
—Que se os cae la baba.
Era Ema.
—Hola —respondí.
—Hombres —dijo mientras sacudía la cabeza de lado a lado—… ¿o debería
decir niños?
El Cuchara se dio la vuelta, miró a Ema y le espetó:
—¿A ti qué te pasa? —luego, se chupó los dedos, se peinó el mismo mechón
rebelde de hace un rato, le hizo ojitos y repitió:
—¿Sabías que un pulpo no te puede pasar la rabia?
—Das miedo, pavo.
—Una vez me funcionó —dijo mientras me miraba y se encogía de
hombros.
—Vale, vale.
—¿Qué hacéis?
No respondí y abrí la taquilla sin más. Estaba vacía. ¿Y qué esperaba? Sonó el
timbre, lo que implicaba que llegábamos tarde a comer. Nos apresuramos a la
cafetería y nos pusimos a la cola. El Cuchara se disculpó y se fue. Cogí dos
pedazos de pizza de salchichón y una manzana —lácteo, carne, fruta, pan, y si
tienes en cuenta la salsa de tomate, verdura—. Ema y a se había sentado sola a
una mesa y me dirigí hacia ella.
—¡Bolitar!
Miré en torno para ver quién acababa de gritar mi apellido. Eran Buck y
Troy. Me miraban fijamente al tiempo que se golpeaban la palma de la mano
con el puño.
—Lo sé —les dije—, « hombre muerto» .
Dejé la bandeja junto a la de Ema. Dos días seguidos. La gente iba a
empezar a hablar. Ema le quitó el envoltorio de plástico a su emparedado y me
dijo:
—¿Qué pasaba con la taquilla?
Estaba a punto de contestarle cuando oí que alguien lanzaba besos en nuestra
dirección. Cómo no, volvían a ser Buck y Troy. Ambos llevaban la enorme
chaqueta del equipo de baloncesto —y eso que aquí debía de hacer más de 25
grados—. Me preguntaba si también dormirían con ella.
—Oooh… qué romántico —dijo Buck.
—Ya te digo. Son dos tortolitos —añadió Troy y siguieron lanzándonos besitos.
Miré a Ema, que se encogió de hombros.
—Bueno, empezáis a besaros y a ¿o qué? —insistió Buck.