REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Seite 26

fueran compañeros de universidad o que tuvieran esa edad. La imagen me recordó un documental sobre Woodstock que había visto. Los colores de la foto estaban apagados, pero era evidente que en su momento habían sido brillantes. Los fotografiados estaban delante de un edificio de ladrillo y sonreían abiertamente. Todos ellos llevaban la misma camiseta de colores desteñidos con un emblema en el pecho. Al principio me pareció una especie de símbolo de la paz, pero no lo era. Lo miré más detenidamente, pero no sabría decir qué era. Parecía… no sé… una mariposa aplastada. Había leído algo sobre el test de Rorschach, ese en el que cada persona ve cosas diferentes en unas mismas manchas con formas vagas. Pues se parecía a eso —solo que las manchas del test son de color negro y las de la camiseta eran multicolor—. La analicé de nuevo. Sí, no había duda de que era una mariposa. Y en la parte de abajo de las alas había dos círculos… como dos ojos; los ojos de un animal, quizá. Y resplandecían. Joder, qué canguelo. No podía dejar de mirar a la chica del centro. Estaba un poco adelantada respecto a los demás, como si fuera la líder. Tenía el cabello rubio y por la cintura, y una cinta de color morado en la cabeza. Su camiseta era… y a sabes, especialmente ceñida… y la chica tenía muchas curvas. Justo cuando empezaba a pensar en lo buena que estaba aquella hippy… me di cuenta: ¡pero si era la Murciélago! ¡Puaj! Me vibró el móvil y pegué un salto. Lo saqué y leí el mensaje. Era de Ema: « ¡Un coche! ¡Sal!» . Dejé la fotografía en la repisa y volví a la cocina. Iba agachado, casi reptando —como los comandos— por el suelo de linóleo. Me asomé muy despacio a la ventana y miré lo que sucedía en el patio. En el bosque había una nube de polvo. En cuanto se asentó, vi el coche. Era negro y tenía los cristales tintados; era una limusina o algo así. Se detuvo justo delante del garaje de la Murciélago. Me mantuve a la espera porque no sabía muy bien qué hacer. Entonces, empezó a abrirse la puerta del copiloto. Durante unos instantes no sucedió nada. Miré a uno y otro lado en busca de Ema. Estaba escondida detrás de un árbol. Señaló hacia mi derecha. ¿Eh? Me encogí de hombros como diciendo « ¿Qué pasa?» . No paraba de señalar en aquella dirección, así que miré. ¡La puerta de la cocina estaba abierta! ¡Claro, no la había cerrado! Me agaché y alargué la pierna para hacerlo. Le pegué una patada suave, pero no se quedaba cerrada. Se volvió a abrir lentamente y a chirriar. Lo intenté de nuevo, pero la cerradura estaba rota. Iba a ser imposible cerrarla. Le pegué un codazo para que, al menos, quedara entornada. Me arriesgué a mirar nuevamente por la ventana. Ema me vio y empezó a