siguiera siendo mi única tutora y, en pocas palabras, a dejarme en paz. Esa era la
parte que le estaba costando digerir.
Observé la casa de la Murciélago y me dio un escalofrío. Se había levantado
viento y este doblaba los árboles desnudos que la mujer tenía en el jardín.
Conocía supersticiones de todos los rincones del planeta y la may oría me
parecían verdaderas tonterías, pero mis padres siempre me habían dicho que
abriera la mente. No creía en casas embrujadas. No creía en fantasmas ni en
espíritus ni en monstruos que salen del armario por la noche. Pero, tío, si lo
hiciera, aquí es donde se reunirían todos.
La casa estaba tan destartalada que incluso parecía que se inclinara hacia un
lado, como si fuera a desmoronarse con un buen empujón. Había tablones sueltos
en el porche. Algunas ventanas estaban rotas y las habían cegado con tablas;
otras estaban empañadas como si la propia casa se estuviera duchando con agua
caliente —aunque, a juzgar por la suciedad, seguro que no era por eso—. Si no
hubiera visto a la mujer con mis propios ojos, habría jurado que la casa llevaba
años abandonada.
Me acerqué y llamé a la puerta. Nada. Acerqué la oreja a la madera —pero
no demasiado, porque no quería clavarme una astilla— y escuché. Nada. No se
oía nada de nada. Volví a llamar. No respondía nadie.
Y ahora, ¿qué? ¿Para qué había venido? Vete a saber. Decidí probar por la
puerta de atrás. Di la vuelta por la izquierda porque, si la casa se derrumbaba de
repente, no quería que se me cay era encima. De camino, miré hacia arriba y vi
que en el tejado había un mirador abalconado. Imaginé a la Murciélago allí
arriba, sentada en una mecedora, con su vestido blanco, mirándome… y aceleré
la marcha al tiempo que me preguntaba qué me encontraría en el patio trasero.
Nada.
La casa lindaba directamente con los árboles. Qué extraño. Era como si
hubiera sido construida parte en terreno despejado, parte en el bosque; como si
saliese de entre los árboles. Desde la parte de delante solo se veía que había
muchos árboles en la trasera… pero no es que hubiera muchos, es que había
muchísimos. Y era como si sus raíces se fundieran con los cimientos. La fachada
trasera de la casa estaba cubierta de enredaderas gruesas y sucias. No sabía si la
casa se habría construido originalmente en el bosque y más tarde se habría
abierto un claro delante… o si era al revés: que el bosque había ido acercándose
sigilosamente hasta la casa de la Murciélago y había empezado a tragársela.
—¿Qué haces?
Ahogué un alarido y pegué un salto tan grande como para hacer un mate.
Había alguien detrás de mí. Me giré rápidamente y retrocedí dos pasos. Choqué
con un árbol. Era Ema.
—Te he asustado, ¿eh? —se rio y levantó los brazos como si fueran alas—.
¿Pensabas que era la Murciélago, que venía a raptarte?