—Disculpa que vuelva a obviar los detalles, pero es que la vida en un campo
de concentración… Voy a saltarme las seis semanas siguientes, hasta el día en
que mi padre y otros trabajadores redujeron a los guardias y dieciocho hombres
consiguieron escapar. La noticia se extendió por el campo como la pólvora. Me
embargaba la emoción, claro está… pero ahora me sentía más sola que nunca.
Tenía muchísimo miedo. Aquella noche me la pasé sentada y sola, llorando… a
pesar de que creía que no me quedaban más lágrimas. Me sentía avergonzada. Y,
de pronto, apareció mi padre, que había estado buscándome. Vino a mi litera y
me dijo: « Nunca te abandonaría, palomita» —y sonrió—. Y escapamos juntos.
Mi padre y y o. Nos unimos a los demás hombres, que se escondían en el bosque.
No te puedo describir cómo me sentía, Mickey. Cómo era volver a ser libre. Es
como si me hubieran mantenido con la cabeza bajo el agua mucho tiempo y por
fin hubiera podido respirar. Estar con mi padre, las conversaciones en las que nos
planteábamos qué hacer para unirnos a la Resistencia… son los últimos buenos
momentos que recuerdo. Porque después…
La sonrisa se le borró de la cara. Esperé, porque no quería interrumpirla;
estaba ansioso por escuchar el resto de la historia. Pero era como si alguien
hubiera apagado la luz. Incluso hacía más frío en la habitación.
—… Después dio con nosotros.
—¿Quién?
—El Carnicero de Lodz —dijo en un largo y duro susurro—. Pertenecía a la
Waffen SS —contuve la respiración—. Nos encontró en el bosque y nos rodeó
con sus soldados. Nos obligó a cavar un gran agujero y llenarlo de cieno. A
continuación, nos ordenó que nos alineáramos junto al hoy o, de espaldas a los
soldados. El Carnicero nos miró a mi padre y a mí y se rio abiertamente. Mi
padre le imploró que me perdonase la vida… y el Carnicero se quedó
observándome largo rato. Nunca olvidaré su cara ni la expresión con la que me
miraba. Finalmente, negó con la cabeza. Recuerdo que mi padre me cogió de la
mano. « No tengas miedo, palomita» , me dijo. Y, acto seguido, nos dispararon
por la espalda. Mi padre me atrajo hacia sí en el último instante para protegerme
de las balas. Cay ó sobre mí, muerto. Permanecí allí toda la noche, congelada de
frío… y con mi padre encima. No sé cuánto tiempo pasó, pero amaneció. Salí de
allí debajo y corrí hacia el bosque.
Se quedó callada. Mientras esperaba a que prosiguiese, me di cuenta de que
su relato me tenía temblando. Como no decía nada, pregunté:
—¿Fue entonces cuando empezaste a rescatar niños?
De repente parecía que estuviera agotada.
—Algún día te explicaré más cosas.
Y silencio.
—No lo entiendo.
Me miró.