aquellos niños del Holocausto, en tu jardín, sí o no?
—Mickey, siéntate —insistió con gran autoridad.
La Murciélago me miraba muy fijamente e hice lo que me pedía. Me senté a
su lado y de los cojines salió una nube de polvo. Se remangó el brazo izquierdo.
El tatuaje estaba descolorido, pero se leía claramente: « A30432» .
Por unos instantes no supe qué decir. Finalmente:
—¿… Tú?
—Sí.
Me quedé allí, sentado y en silencio, mientras ella abría el álbum de
fotografías.
—¿Quieres saber cómo empezó todo? Te lo voy a contar. Quizá así entiendas
lo de tu padre.
Señaló la primera foto. Era una antigua instantánea en blanco y negro en la
que se veía a cuatro personas.
—Esta era mi familia. Mi padre se llamaba Samuel. Mi madre, Esther. Este
es mi hermano may or, Emmanuel, el de la pajarita. Era tan guapo… Tan listo y
tan bueno… Cuando nos hicieron esta fotografía, tenía once años. Yo tenía ocho.
Tengo cara de felicidad, ¿no te parece? —la tenía; y había sido una niña muy
guapa—. ¿Sabes qué vino a continuación?
—¿La Segunda Guerra Mundial?
—Sí. Durante un tiempo conseguimos sobrevivir en el gueto de Lodz. En
Polonia. Mi padre era una persona maravillosa. Todo el mundo lo quería. Se
sentían atraídos por él. Tu padre se parecía mucho a él. Pero eso no es lo que nos
ocupa. Durante un tiempo conseguimos escapar y permanecer escondidos. No
voy a entrar en detalles porque tuve que presenciar situaciones que aún hoy en
día, después de tantos años, siguen pareciéndome irreales. La cuestión es que, un
día, alguien nos delató y los nazis nos detuvieron. Nos metieron en un tren y nos
enviaron a Auschwitz.
« Auschwitz» … El simple hecho de escuchar la palabra hacía que me
estremeciese. Le cogí la mano, pero se puso tensa.
—Por favor, tengo que superarlo sola… por duro que resulte a pesar de los
años.
—Lo siento.
Asintió y siguió con su relato.
—Cuando llegamos a Auschwitz, nos separaron. Más tarde descubrí que a mi
madre y a mi hermano los habían llevado inmediatamente a la cámara de gas.
Los mataron a las pocas horas. A mi padre lo llevaron a un campo de trabajos
forzados. A mí no me hicieron nada. No sé por qué.
Pasó la página. Allí había más fotos de su familia, de Esther y Emmanuel
disfrutando de una vida que aún nadie entiende por qué razón les fue arrebatada.
La anciana no miraba las fotografías; sino hacia el frente.