Mi tío tenía razón, cuando desperté por la mañana, el cuerpo me dolía muchísimo
más. Tardé diez minutos en sentarme en la cama y en ponerme de pie. Me latían
las sienes y la cabeza me daba vueltas. Tenía las costillas tan magulladas que
respirar se convirtió en todo un reto punzante.
Había dos pastillas en la mesilla de noche. Me las tomé de golpe y me
ay udaron. Mi tío había llevado el coche al taller para que le cambiaran la
ventanilla que Derrick había hecho pedazos… así que me tocaba ir andando.
Imaginé que los agentes de policía seguirían buscando a Derrick; pero no iba a
ser y o quien les explicara por qué estaban perdiendo el tiempo.
Horas después, llegué a la Clínica de Rehabilitación Coddington. Christine
Shippee me saludó sin descruzar los brazos.
—Ya te dije que todavía no podías ver a tu madre.
Pensé en todo lo que había sucedido. Pensé en el Refugio Abeona y en el
trabajo que, evidentemente, mis padres desempeñaban en aquel lugar. Pensé en
la carta que mi padre le había escrito a Juan y en que quería darme la
oportunidad de tener una vida normal. Pensé en cuando llegué a Estados Unidos;
en el viaje en coche hasta San Diego; en el accidente. Pensé en el conductor de
la ambulancia, el del pelo bermejo y los ojos verdes. Pensé en la mirada que me
había echado, con la que me había dejado bien claro que mi vida nunca volvería
a ser igual; en lo evidente que era que aquel extraño con el pelo bermejo y los
ojos verdes sabía mucho mejor que y o cómo sería mi futuro. Pensé en la cara
de mi madre cuando le dijeron que mi padre había muerto; en que ella también
había muerto aquel día. Pensé en cuánto intenté ay udarla —aunque quizá hubiera
sido cómplice de su desmoronamiento—, en que me convertí en su salvavidas, en
que se aferraba a mí… y en cómo me mentía y me manipulaba; a mí, a su único
hijo. Pensé en la cena… en los espaguetis con albóndigas que nunca llegamos a
disfrutar. Y pensé en el pan de ajo.
—¿Mickey ? ¿Estás bien?
—Dile que la quiero. Dile que he venido y que no pienso dejar de hacerlo;
que vendré a visitarla cada día y que nunca la abandonaré. Díselo.
—Descuida, lo haré.
Me di la vuelta y me marché. Cuando llegué a la calle, el coche negro con
matrícula A30432 me estaba esperando. Ni siquiera me sorprendió. Se abrió la
puerta del copiloto y bajó el calvo. Como siempre, llevaba un traje negro y las
gafas de aviador. Abrió la puerta de atrás y, sin mediar palabra, subí al coche.