desde luego, no lo parecía. Su sonrisa estaba vacía. Ni regocijo, ni alegría… ni
alma. Era la sonrisa más aterradora que había visto nunca.
—La policía no tardará en llegar —insistí—. La cosa será más fácil si la
sueltas.
—¿Quién te ha dicho que me gusta lo fácil? —y se rio a carcajadas.
No sabía qué responder. Estaba muy lejos como para llegar hasta él antes de
que le hiciera nada a Ema. Le puso el cuchillo al cuello y esta cerró los ojos.
—Por favor… —le imploró Ema y empezó a llorar.
—Me quitaste algo que me pertenecía —dijo sin dejar de mirarme a los ojos
—. Y ahora voy a ser y o quien te quite algo a ti.
—No lo hagas —pedí débilmente. Derrotado—. Si lo quieres pagar con
alguien, págalo conmigo —levanté las manos y empecé a caminar hacia él—.
Cógeme a mí.
Di otro paso —aún estaba a unos diez metros—. Nos miramos fijamente a los
ojos y aprecié su dureza… Ema estaba perdida.
Él no iba a razonar y y o no podía hacer nada. Le daba igual que la policía
estuviera a punto de caer sobre él. Por unos instantes, en el mundo solamente
estuvimos él y y o; y tenía muy claro qué es lo que iba a hacer. Iba a matar a
Ema. E iba a hacerlo por el mero placer de ver qué cara ponía y o. No podría
convencerle. No podría llegar hasta él a tiempo. Estábamos a punto de ganar, sí,
pero la victoria nos iba a costar la vida de Ema. Era como si Buddy Ray supiera
que había perdido a mi padre… que estaba perdiendo a mi madre… y quisiera
que, ahora que había encontrado una amiga de verdad, también la perdiera a
ella.
—Despídete —me dijo mientras le acercaba el cuchillo aún más. Ema
intentaba zafarse, pero la tenía fuertemente sujeta.
Y entonces, cuando había perdido toda esperanza, incapaz de dejar de mirar
a los ojos a aquel hombre… ¡patapún!… lo atropelló una furgoneta.
Me quedé con la boca abierta. De pronto Buddy Ray estaba delante de mí
con un cuchillo en la mano, de pronto estaba volando por el callejón tras recibir
la embestida de una furgoneta pequeña. Una furgoneta que y a había visto
antes… una que llevaba en los laterales el logotipo de dos fregonas cruzadas.
Mientras las sirenas nos rodeaban y los frenos de los coches de policía
empezaban a chirriar, de la furgoneta salió… ¡el Cuchara!
Se subió las gafas con el dedo, miró al hombre inmóvil que y acía sobre el
capó de su furgoneta después de volar por los aires y dijo:
—Tío, tengo que aprender a conducir.
Ema había dejado sola a Rachel para llamar al Cuchara.
—Pensé que, por lo menos, podía venir a recogernos.