—Vay a, Bambi, conque estabas aquí —dijo la mujer, que llevaba el pelo
cardado y unas gafas de moldura ovalada—. ¿Todo listo?
Intenté pegarme lo más posible al suelo.
—¿Dónde estabais? —preguntó el hombre de la voz dura.
—Ji, ji. Estaba probándome vestidos, tonto.
—Entonces, ¿por qué llevas la misma ropa?
—Pues… porque nada me quedaba bien.
Me arrebujé bajo los almohadones de forma que pudiera ver lo mejor
posible. Entró otro hombre en la habitación y se quedó parado.
—¡Joder! —dijo—. Teníais razón, ¡está muy buena!
Ahora, además de « Cardado» , había cuatro hombres y ninguno de ellos era
Buddy Ray. ¿Dónde estaría? Pensé en Ashley y en aquel jersey con letras
bordadas y en el collar de perlas y en todo lo que tendría que haberse esforzado
para abandonar esta vida. Pensé en la manera en la que me miraba, tan
esperanzada, y en que, ahora mismo, estaba detrás de aquella puerta. En la
mazmorra. Con Buddy Ray, claro.
—Bueno, no importa —dijo la Cardado—, podemos hacer la prueba aquí
mismo.
—¿Aquí? —preguntó Rachel.
—¿Por qué no?
La mujer la cogió de la mano y los hombres se sentaron sobre los
almohadones. El de la voz dura se sentó a menos de diez centímetros de mi
cabeza. Contuve la respiración, por miedo a que la notara.
—Candy, ¿qué coño haces aquí? —dijo ese mismo hombre.
—¿Yo? Nada…
—Pues date el piro. Y cierra la puerta.
—Sí, Max, ahora mismo.
Salió a toda prisa y, tal y como le había ordenado el hombre, cerró la puerta
tras de sí.
—Venga, Bambi —insistió la Cardado mientras ay udaba a Rachel a subir al
pequeño escenario que había en el centro de la habitación—, sube aquí y
muéstranos lo que sabes hacer.
—¿Ahora?
—Ahora.
Subió poco a poco y se quedó allí, parada.
—Venga, Bambi.
—Eh… me vendría bien algo de música…
—Si quieres, te cantamos —dijo Max con tono cortante—. Chica, se me está
agotando la paciencia.
Pensé en sacar el móvil, pero incluso eso me delataría. Intenté alejarme del
hombre deslizándome muy poco a poco bajo los almohadones. Después…