CAPÍTULO VEINTITRÉS
Vamos, que estar muerto era así. Echaba mucho de menos a mis padres.
Recordé aquella noche, hace dos años, acampados con una tribu de beduinos
llamada Al-Hajay a en el duro desierto del Jordán. Dormimos en tiendas hechas
con piel de cabra que nos protegían de las terribles condiciones de aquella vasta
tierra baldía. Una mañana me desperté, agitado, por el bramido de los animales
cercanos y cuando abrí los ojos, vi que mis padres me estaban observando.
Estaban el uno junto al otro, ambos con cara de tonto —y a sabes: con ojillos de
cordero degollado y con esa sonrisa bobalicona que da vergüenza ajena—. Sin
embargo, ahora daría lo que fuera por ver aquellas expresiones nuevamente.
Recordaba aquel instante tan nítidamente que me pregunté si —en caso de que
realmente estuviera muerto— volvería a ver a mi padre con cara de tontaina
cuando abriera los ojos.
Espera. Si estaba muerto… ¿por qué me dolía la paliza que me había metido
Derrick? Sentía un latido tan fuerte en la cabeza que parecía que alguien me la
hubiera abierto, me hubiera implantado un martillo neumático y lo hubiera
puesto a funcionar a toda velocidad. ¿Sentirás esas cosas si estás muerto? Lo
dudaba.
Abrí los ojos poco a poco y, efectivamente, había alguien mirándome, pero
no era mi padre… sino Derrick.
Tenía los ojos abiertos y no parpadeaba. Miraba al infinito. En mitad de la
frente tenía un agujero de bala perfectamente limpio y redondo y de él aún
goteaba un poco de sangre. No había duda: estaba muerto.
Intenté no alarmarme. Me quedé quieto. Mantuve la cabeza gacha mientras
miraba a uno y otro lado. Derrick estaba muerto y y o iba en la trasera de una
furgoneta.
—Me alegro de que hay as despertado, Mickey.
Dejé de mirar al gigantón y busqué al hombre que hablaba. Lo primero que
vi es que llevaba un tatuaje en la cara.
—¿Me reconoces?
—Eres Antoine LeMaire.
Antes de sonreírme, parpadeó, como si dudase.
—El mismo que viste y calza.
Intenté dejar a un lado el dolor para pensar en cómo reaccionar. ¿Me daría
tiempo a abrir la puerta que había detrás de mí? ¿Y si estaba cerrada? Mientras
pensaba qué hacer, dijo:
—Si te quisiera matar, habría dejado que lo hiciera Derrick.
—¿Lo… lo has matado tú? —e intenté sentarme.
—Sí.
No sabía muy bien qué decir. Un « Gracias» no encajaba especialmente