—Pues encárgate de él ahí mismo.
¿Encárgate de él? El miedo puede ser como un jarro de agua fría. Empecé a
pensar en qué hacer. Podía fingir que aún estaba desmay ado y atacarle por
sorpresa. El gigantón se detuvo de pronto y me soltó como si fuera un saco.
Permanecí con los ojos cerrados, haciéndome el muerto.
—Abre los ojos, chaval.
Como no lo hice, decidió pegarme un buen punterazo en las costillas con sus
botas camperas. Una explosión de dolor me recorrió las costillas y abrí los ojos
de golpe. Miré hacia arriba y me topé con el cañón de una pistola. Se acabó.
Me lancé a por la pistola, pero el tipo estaba preparado y me pegó una patada
lateral en el pecho con todas sus fuerzas. Se me paró el corazón. O, al menos, así
es como me sentí… como si todos mis órganos internos —corazón, pulmones y
todo lo demás— hubieran dejado de funcionar. Me quedé tirado en el suelo,
incapaz de moverme. La patada que me dio en la nuca hizo que cerrase los ojos
y que empezase a ver lucecitas. No me moví. Creo que ni siquiera respiraba.
Sencillamente, estaba allí tirado, indefenso… nuevamente camino de la
inconsciencia. Hasta que oí un disparo.