Me había pillado.
—Un momento, tío, que tengo otra llamada —lo dejé en espera y fui hacia la
puerta como una exhalación.
—¿Qué pasa? —preguntó Rachel.
—¡Rápido, llegará en unos minutos! Viene a por el coche. ¡Tenemos que
irnos!
Nos lanzamos a la carrera hacia el Ford Taurus. Yo me senté en el asiento del
conductor, pero Rachel y Ema dudaron. No sabían dónde sentarse, pero Rachel
no tardó en resolver la situación: abrió la puerta del copiloto y dijo:
—Ema, tú aquí.
La gótica se sentó delante y Rachel cerró la puerta y lo hizo detrás.
Bajé por el largo camino de la casa y giré a la izquierda. Para ese momento,
mi tío me había llamado en varias ocasiones más, pero no respondí ninguna de
ellas. Rachel miró hacia atrás y preguntó:
—¿Tu tío también conduce un Ford Taurus?
—Sí.
—Uf, pues acaba de pararse frente a la verja.
Aceleré, giré a la izquierda una vez más, a la derecha después y me perdí
entre las callejuelas para asegurarme de que no me seguía. Al rato, cogí la calle
principal que llevaba a Newark.
Veinte minutos después —tras un largo debate con las chicas que,
indudablemente, perdí—, aparqué en batería a una manzana del Plan B, en la
acera que quedaba frente a la entrada. Desde aquí tenía una buena vista, pero eso
no me tranquilizaba.
—Esto no me gusta —dije.
—Es la única manera de hacerlo. Y lo sabes —sentenció Rachel.
—No nos va a pasar nada.
Negué con la cabeza. Rachel y Ema me habían hecho ver lo evidente: y o no
podía volver a presentarme en aquel lugar. Me conocían. Incluso había herido a
Derrick el gorila que, por suerte, no estaba ahora mismo en la puerta. A Rachel se
le había ocurrido un plan sencillo: serían Ema y ella quienes entrasen, con el
pretexto de que buscaban trabajo. Así, tendrían la oportunidad de echar una
ojeada por dentro y, con un poco de suerte, encontrar a Ashley o, basándose en
mi descripción, a Candy.
—Podría disfrazarme para entrar.
Ambas chicas se rieron de mí.
—¿Con qué? —me atacó Rachel—. ¿Con un bigote falso? ¿Con una peluca
rubia? ¿Y si te piden el carné y ven que eres el del otro día?
Tenía razón.
—Ya lo hemos hablado —añadió Ema.
—Sí, pero sigue sin gustarme.