Ya sabes cómo se pone… y lo que puede hacer. Ay údame. Por favor, ven
a ay udarme.
Y, abajo, la firma: « Candy » .
—Lo que hay que averiguar, es quién es la tal Candy —sugirió Rachel.
—Yo lo sé —dije mientras el miedo me embargaba. No había otra opción. Yo
era el primero que quería mantenerse alejado de aquel terrible lugar, pero sabía
que este asunto iba a acabar allí. Y eso significaba que quizá tuviera que
enfrentarme a Buddy Ray y a su gorila. Significaba que quizá tuviera que
enfrentarme a Antoine LeMaire. Que quizá… tuviera que enfrentarme a la
Muerte Blanca.
Pensé en la Murciélago —que, de alguna forma, estaba conectada con mi
padre y con el Refugio Abeona— pidiéndome que salvara a Ashley.
Mi padre había pasado toda la vida trabajando en el Refugio Abeona y creo
que empezaba a entender en qué consistía realmente su trabajo. Yo no creía en el
destino, ni siquiera creía en la vocación o en que cada uno tuviera un propósito en
la vida… pero ¿cómo había dicho Rachel? « Me parecía lo correcto» .
Era así de sencillo y profundo al mismo tiempo. Era una obligación. Aunque
quisiera salir corriendo, no podía hacerlo. Tenía que salvar a Ashley.