—Muy bien, pues explícamelo.
—Al principio, ni siquiera estaba segura. Sí, la mariposa de la tumba se
parecía a la mía, pero no tenía por qué ser la misma.
—Al principio.
—Sí.
—¿Y luego? —le eché una mirada rápida y vi que le corría una lágrima por
la mejilla.
—¿Acaso crees que tengo muchos amigos?
No respondí. Su voz se convirtió casi en un susurro:
—Pensaba que te enfadarías. O que me echarías la culpa. O que no me
creerías y dejarías de confiar en mí. Pensé… —y giró la cabeza para que no le
viera la cara—… que no querrías seguir siendo mi amigo.
Parecía tan dolida, que me rompió el corazón. Cuando me detuve en el
siguiente semáforo le dije:
—Ema…
—¿Qué?
—Mírame.
Lo hizo. Tenía los ojos húmedos.
—Confío plenamente en ti. Y, lo creas o no, eres la mejor amiga que he
tenido.
No era necesario decir nada más. No volvimos a hablar durante el resto del
camino.
Tatus Mientras Esperas estaba lleno de gente cuando llegamos. Fuimos al fondo
rápidamente, al sillón en el que tatuaba Agente, pero allí no había nadie. Me
quedé mirando el asiento como si así fuera a conseguir que el tatuador se
materializase. Nada.
—Mickey … —era Ema.
La miré. Señalaba el espejo que había sobre la mesa de Agente. Nos
aproximamos a la vez y nos quedamos inmóviles como si tuviéramos miedo de
seguir avanzando. Allí, en la esquina inferior izquierda, estaba la mariposa.
—Hola, Ema. ¿Queréis algo?
Me giré hacia la voz, pero no era Agente. Se trataba de otro tatuador o de un
cliente habitual. Llevaba tatuado cada pedazo de piel que quedaba a la vista.
Pensé en tatuajes, en la conexión entre ellos, en el tatuaje que Ema tenía en la
espalda, en el de la cara de Antoine y en el que le habían hecho a la fuerza —qué
horripilante— a aquella chica llamada Elizabeth Sobek.
—Hola, Ian —respondió Ema con aire desenfadado—. ¿Sabes dónde está
Agente?
—No está aquí —la miró primero a ella; y luego, a mí.