CAPÍTULO DIECIOCHO
El resto del día se me pasó muy despacio. No dejaba de consultar el reloj, pero
era como si el minutero estuviera cubierto de caramelo y le costase avanzar. No
dejaba de preguntarme de qué manera estaría implicada Rachel, pero no se me
ocurría nada. Acabé por convencerme a mí mismo que no merecía la pena
seguir especulando, que en unas horas me lo contaría.
Por fin, solo quedaban cinco minutos para que sonara el timbre que
anunciaba el fin de las clases; cinco minutos para encontrarme con Rachel y
enterarme de todo. Pero en ese momento, sonó el intercomunicador del señor
Berlín, que respondió, escuchó atentamente y dijo:
—Señor Bolitar, preséntese ahora mismo en el despacho del señor Grady.
Toda la clase explotó en un gran: « ¡Oooh!» .
Aún no había conocido al señor Grady, pero sabía quién era: el entrenador del
equipo de baloncesto del instituto, una persona a la que esperaba conocer bien
dentro de poco. Pero la razón del « ¡Oooh!» de mis compañeros tenía más que
ver con su trabajo principal en el instituto: era el director de disciplina. Vamos, el
que ponía los castigos.
Recogí mis cosas y me encaminé a su despacho. No estaba nervioso. Estaba
seguro —aunque pueda sonar presuntuoso— de que quería verme para darme la
bienvenida al colegio. Había hecho todo lo posible porque no se supiera cómo
jugaba al baloncesto, pero con mi altura, el antecedente de mi tío y la manera en
la que corre la voz la gente que asiste a los partidos de Newark, sería
sorprendente que, al menos, no hubiera oído hablar de mí. Y esperaba que esa
fuera la razón por la que me llamaba a su despacho.
¿O habría hecho algo malo? Yo diría que no. Pensé en que ese día había
agarrado a Rachel del brazo en el pasillo y que mucha gente lo había visto. Pero
no… no podía ser eso. ¿Qué iba a hacer un testigo? ¿Ir a chivarse al despacho de
Grady ? ¿Y después, qué? Hablaría con Rachel, que le diría que no había sido
nada. ¿O no?
Llegué al despacho y llamé a la puerta.
—Adelante.
Abrí la puerta. El señor Grady estaba sentado a su mesa y me observó por
encima de las gafas de leer. No llevaba puesta la chaqueta del traje. Llevaba una
camisa de manga corta que probablemente le quedase bien hace unos años, pero
que ahora era como un torniquete alrededor del cuello y del torso. Se puso de pie
y se levantó el pantalón, de color verde aceituna. Empezaba a quedarse sin pelo
y lo llevaba peinado hacia atrás y pegado a la cabeza.
—¿Mickey Bolitar?
—Sí.
—Siéntate, hijo.