Llevado más por el instinto que por el sentido común, la cogí del brazo e
impedí que se fuera.
—¿Por qué me has mentido?
—Suéltame.
—¿Dónde está Ashley ?
—¡Mickey, me haces daño!
La solté y se frotó el brazo. La gente que pasaba a nuestro lado murmuraba.
—Lo siento.
—Tengo que ir a clase —y se alejó de nuevo.
—Rachel, no creas que me voy a olvidar del tema.
Se dio la vuelta y me miró.
—Puedo explicarlo.
—Soy todo oídos.
—Nos encontraremos cuando acaben las clases. Solos. Ni Ema ni el Cuchara.
Y te lo contaré todo.
Y se fue, sin más.