cogía de la pechera—. La Muerte Blanca. Ya no puedes hacer nada por ella. No
va a volver… igual que las demás. Lo único que puedes hacer es salvarte tú.
—Pero si va a mi instituto —dije atónito—. La semana pasada estaba
perfectamente.
Candy se quedó asombrada, pero el alboroto del otro lado era cada vez más
fuerte.
—¡Corre! —me gritó mientras me empujaba y salía corriendo por el
callejón—. ¡Corre y no vuelvas!
Tomé la dirección opuesta, hacia la calle. Corría que me las pelaba y no paré
hasta que estuve en la parada del 164. Y, al rato, camino de casa.