—Me alegro de conocerte, Robert.
Buddy Ray —no sabría decirte si eran dos nombres de pila o un nombre y un
apellido— me miró de arriba abajo como si fuera una chocolatina. El tipo no
estaba fino, eso era evidente. No paraba de lamerse los labios. Me arriesgué a
mirar al gorila; hasta él parecía nervioso en su presencia.
Se acercó y me embargó un aroma a colonia barata que no podía esconder el
olor acre a sudor del hombre. Dicho olor le precedía, como si estuviera paseando
a un perro —a un dóberman—. Se detuvo delante de mí, a unos quince
centímetros. Aguanté la respiración e hice lo imposible por no echarme para
atrás. Me daba miedo. El gorila retrocedió otro paso.
El tipo estiró el cuello y volvió a sonreír. Luego, sin previo aviso, me pegó un
puñetazo en el estómago con todas sus fuerzas. Me doblé, sin aire, e hinqué las
rodillas en tierra. Intentaba respirar, pero no podía; era como si una mano gigante
me estuviera metiendo la cabeza debajo del agua. No podía respirar. Mi cuerpo
pedía oxígeno a la desesperada, una sola bocanada… pero nada. Me dejé caer al
suelo y me quedé en posición fetal.
Buddy Ray me miraba desde allí arriba. Sus ojos de loco se habían encendido
como en un videojuego. Hablaba con suavidad:
—Cuéntame todo lo que sepas de Antoine LeMaire. Tragué saliva; pero, de
aire, nada. Me dolían los pulmones.
Buddy Ray me pegó una patada en las costillas con la punta de sus botas de
vaquero. Rodé sobre mí mismo sin apenas sentir dolor porque aún no había sido
capaz de respirar… y eso era lo único en lo que podía pensar: en respirar. Cada
célula de mi cuerpo pedía oxígeno como loca. Necesitaba tiempo para respirar,
aunque fuera una sola vez.
—Derrick, levántalo —dijo tras mirar al gorila.
—No es más que un niño, Buddy Ray.
—Levántalo.
Aire. Por fin conseguía respirar. Las grandes manos de Derrick me cogieron
de la camisa a la altura de los hombros. Me levantó como si fuera una pluma.
—Cógele de los brazos.
Me dio la impresión de que Derrick no lo aprobaba pero, igualmente, hizo lo
que le ordenaba. Pasó sus enormes brazos alrededor de los míos; tiró de ellos de
manera que mi pecho y mi estómago quedasen completamente expuestos; y
apretó, para que no pudiera moverme. Se me iban a salir los tendones de los
hombros. Buddy Ray seguía lamiéndose los labios, disfrutando de la situación.
—Por favor… —dije en cuanto pude reunir el suficiente aire como para
hablar—. No conozco a Antoine LeMaire. Yo también lo estoy buscando.
Buddy Ray me estudió.
—¿Realmente te llamas Robert Johnson?
No sabía qué contestar. Rebuscó en mis bolsillos y sacó el móvil.