—¿A qué has venido?
—¿A pasarlo bien?
—Acompáñame.
No tenía mucho sentido discutir con alguien así. A unos metros de él habían
aparecido otros dos matones y ni en el mejor de los casos conseguiría zafarme
de los tres —quizá ni siquiera del primero—. Así que me puse de pie con las
piernas temblorosas y le acompañé a la salida. La visita había fracasado. Era
evidente que el tal Antoine LeMaire paraba por aquí. La simple mención de su
nombre ponía a la gente en movimiento. Bueno, pues volvería a casa y nos
reagruparíamos…
La mano del gigantón me cogió del hombro cuando enfilaba la puerta de
salida.
—No tan rápido. Por aquí.
Oh, oh.
Sin soltarme, me guio por un pasillo muy largo. Los otros dos gorilas venían
detrás. Aquello no me gustaba. En las paredes había pósteres de bailarinas
exóticas. Dejamos atrás los servicios y dos puertas más y giramos a la izquierda.
Al final del pasillo había otra puerta y nos detuvimos delante de ella. Aquello no
me gustaba nada.
—Quiero irme.
El gorila no respondió. Sacó una llave y abrió la puerta. Me empujó adentro y
la cerró tras de sí. Estábamos en una especie de despacho. Había una mesa y
más pósteres de chicas semidesnudas en las paredes.
—Quiero irme.
—Quizá más tarde.
¿Quizá?
Se abrió la puerta que había detrás de la mesa y entró un hombre bajito y
nervudo. Vestía una camisa de manga corta y tela brillante que llevaba
desabotonada hasta el ombligo, por la que se podía ver un montón de cadenas de
oro de lo más chabacanas que le colgaban del cuello. Sus manos eran huesudas,
pero fuertes. ¿Alguna vez te ha dado miedo alguien con solo mirarlo? Pues este
era uno de esos tipos. Hasta el gigantón, que le sacaba una cabeza y debía pesar
unos cincuenta kilos más, dio un paso atrás. Se hizo el silencio.
El hombre bajito y nervudo tenía cara de comadreja y ojos de… ¿cómo
decirlo?… de loco. Sé que no se debe juzgar a la gente por su apariencia, pero
hasta un ciego vería que este tipo era chungo. Muy chungo.
—Hola —me dijo—. Me llamo Buddy Ray ¿y tú? —tenía una ligera tara en
la dicción.
—Robert Johnson —dije después de tragar saliva.
Buddy Ray tenía una sonrisita tenebrosa que haría que un niño pequeño
saliese corriendo en busca de su mamá.