REFUGIO HARLAN Refugio - Harlan Coben ULT | Página 108

—¿A qué has venido? —¿A pasarlo bien? —Acompáñame. No tenía mucho sentido discutir con alguien así. A unos metros de él habían aparecido otros dos matones y ni en el mejor de los casos conseguiría zafarme de los tres —quizá ni siquiera del primero—. Así que me puse de pie con las piernas temblorosas y le acompañé a la salida. La visita había fracasado. Era evidente que el tal Antoine LeMaire paraba por aquí. La simple mención de su nombre ponía a la gente en movimiento. Bueno, pues volvería a casa y nos reagruparíamos… La mano del gigantón me cogió del hombro cuando enfilaba la puerta de salida. —No tan rápido. Por aquí. Oh, oh. Sin soltarme, me guio por un pasillo muy largo. Los otros dos gorilas venían detrás. Aquello no me gustaba. En las paredes había pósteres de bailarinas exóticas. Dejamos atrás los servicios y dos puertas más y giramos a la izquierda. Al final del pasillo había otra puerta y nos detuvimos delante de ella. Aquello no me gustaba nada. —Quiero irme. El gorila no respondió. Sacó una llave y abrió la puerta. Me empujó adentro y la cerró tras de sí. Estábamos en una especie de despacho. Había una mesa y más pósteres de chicas semidesnudas en las paredes. —Quiero irme. —Quizá más tarde. ¿Quizá? Se abrió la puerta que había detrás de la mesa y entró un hombre bajito y nervudo. Vestía una camisa de manga corta y tela brillante que llevaba desabotonada hasta el ombligo, por la que se podía ver un montón de cadenas de oro de lo más chabacanas que le colgaban del cuello. Sus manos eran huesudas, pero fuertes. ¿Alguna vez te ha dado miedo alguien con solo mirarlo? Pues este era uno de esos tipos. Hasta el gigantón, que le sacaba una cabeza y debía pesar unos cincuenta kilos más, dio un paso atrás. Se hizo el silencio. El hombre bajito y nervudo tenía cara de comadreja y ojos de… ¿cómo decirlo?… de loco. Sé que no se debe juzgar a la gente por su apariencia, pero hasta un ciego vería que este tipo era chungo. Muy chungo. —Hola —me dijo—. Me llamo Buddy Ray ¿y tú? —tenía una ligera tara en la dicción. —Robert Johnson —dije después de tragar saliva. Buddy Ray tenía una sonrisita tenebrosa que haría que un niño pequeño saliese corriendo en busca de su mamá.