Asentí tímidamente.
—¿Por qué vives con tu tío?
—¿En vez de con mis padres?
—Exacto.
Miré al petulante Robespierre, cuy o retrato de 1794 aparecía en la página por
la que tenía abierto el libro que tenía encima del pupitre y me pregunté si sabría
lo que me deparaban los próximos meses.
—Mi madre está internada en una clínica de rehabilitación y mi padre está
muerto.
—Oh —y se llevó la mano a la boca—. Lo siento mucho, no pretendía
inmiscuirme…
Su voz se fue apagando. La miré y esbocé una sonrisa como pude.
—No pasa nada.
—¿Por eso has dormido mal? ¿Has soñado con ellos?
—Con mi padre —me sorprendió que le respondiera.
—¿Puedo preguntarte cómo murió?
—En un accidente de tráfico.
—¿Y has soñado con el accidente?
« ¡Pero bueno!» , pensé. Pero respondí.
—Yo iba con él.
—¿En el coche?
Asentí.
—¿Sufriste heridas?
Me había roto las costillas y pasé tres semanas en el hospital, pero aquel dolor
no era nada comparado con el que se sufre cuando presencias la muerte de tu
padre.
—Algunas.
—¿Qué pasó?
Lo recordaba claramente. Íbamos en el coche, riéndonos, con la radio puesta.
De pronto, la sacudida del choque, el chasquido del cuello, la sangre, las sirenas.
Cuando desperté, estaba atrapado; no podía moverme. Vi cómo el de la
ambulancia, de pelo bermejo y ojos verdes, atendía a mi padre, que estaba
demasiado quieto. Yo iba en el asiento del copiloto y un bombero intentaba
liberarme con las pinzas neumáticas. Entonces, el conductor del pelo bermejo y
los ojos verdes me miró. Nunca olvidaré esos ojos, con la pupila rodeada por una
corona amarillenta, diciéndome claramente que mi vida nunca volvería a ser
igual.
—Bueno, no me lo cuentes —dijo con voz gentil—, somos compañeros en
Historia… eso no quiere decir que tengas que contármelo todo.
Se lo agradecí con una inclinación de cabeza y, justo en ese momento, sonó el
timbre. Intenté borrar de mi mente la imagen del conductor del pelo bermejo y