REFLEJO | Page 48

El Dragón Rojo

Sebastián Rocato

Me encontraba con dos amigos en una ciudad muy lejana a mi hogar. Planeamos quedarnos tres noches en aquella bella ciudad, sin embargo, sólo pudimos reservar dos debido a la alta demanda del hostal. Así son las cosas en temporada vacacional. Pensamos que al llegar podríamos conseguir una noche en otro lugar pero las cosas no salieron como esperábamos, ya que no había cupo en ningún otro. Eso no nos detuvo, salimos a conocer los alrededores sin preocuparnos por tener una cama donde dormir al día siguiente. Al llegar la noche y después de horas de buscar otro hostal, sin éxito, decidimos adentrarnos en la metrópoli buscando algún sitio donde entretenernos y esperar al día siguiente. Nos dirigimos hacia un bar, después a otro y así sucesivamente. Para nuestra poca fortuna los bares y clubes nocturnos los cerraban a las 2 de la mañana, así que a partir de ese momento tuvimos que vagar buscando un lugar cálido donde esperar el amanecer. No fue fácil, con una temperatura de alrededor de 2 grados centígrados, poco abrigados, sin nada que comer, emprendimos una caminata. En un principio tratamos de quedarnos en una estación del metro, lo cual fue un fracaso. Al salir nuestras opciones se reducían cada vez más, el frío era muy intenso como para dormir en la calle, además las bancas de los parques no eran nada cómodas.

Continuamos caminando siendo esta la única vía para defendernos del frío pero enfrentando otro problema que era el cansancio. Recorrimos un gran número de calles y callejones. De pronto, sin darnos cuenta, nos encontrábamos en una zona de la ciudad que lucía poco agradable y, en uno de los callejones vislumbramos una luz roja muy intensa que llamó nuestra atención. Caminamos hacía la luz y al llegar vimos que sólo había una puerta alumbrada con luz neón alrededor y la figura de un dragón rojo al lado. No tardamos mucho en suponer que era un lugar clandestino, probablemente un club nocturno para caballeros o un antro. Tocamos la puerta para ver si podíamos entrar, no teníamos nada que perder. Un hombre de aproximadamente 1.90 de estatura, muy robusto y de rostro poco amigable, abrió la puerta y preguntó que queríamos. A pesar de sentirnos intimidados, uno de mis amigos se adelantó rápidamente a decirle al hombre que estábamos en busca de diversión y sacó el billete de más alta denominación que tenía en su cartera. Increíblemente el hombre nos dejó pasar, nunca supimos si por nuestro aspecto de desesperación o por el dinero. Sin embargo, eso no fue lo más extraño, tras atravesar un pasillo largo llegamos a un lugar que lucía como algún tipo de club nocturno, todo el lugar estaba alumbrado de luz neón roja y las paredes eran negras. Al final del pasillo otro hombre nos revisó minuciosamente e indicó que dejáramos nuestras cosas en un cuarto. Música electrónica, hombres y mujeres con vestimentas sumamente exóticas (la mayoría vestidos con cuero negro), obscuridad, luz roja, eran indicadores de que nos encontrábamos en el terreno de una secta clandestina de la ciudad llamada el dragón rojo. Esto lo supimos al hablar con un hombre de allí. No considero que sea conveniente entrar en detalles de lo que sucedía en ese lugar, pero sí que logramos salir sanos y salvos siendo una de las experiencias más intensas y raras de mi vida.