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5 I Novedades Este nuevo escolar, esta joven estudiante nunca ha visto un ternero, una vaca, un marrano ni una pollada. En 1900, la mayoría de los humanos en el planeta se ocupaban de la labranza y del pastoreo; en 2010, Francia como los países análogos, ya sólo cuenta con el uno por ciento de campesinos. Sin duda es necesario ver acá una de las más inmensas rupturas de la historia, desde el neolítico. Antaño referida a las prácticas geórgicas, nuestras culturas de repente cambiaron. Pero en el planeta aún seguimos comiendo de la tierra. Aquella o aquel que os presento ya no vive en compañía de los animales, ya no habita la misma Tierra, no tiene pues la misma relación con el mundo. Ella o él ya sólo admiran una naturaleza arcadiana, la del ocio o del turismo. Habita en la ciudad. Sus predecesores inmediatos, en más de la mitad, vivían en los campos. Pero, ya que se ha vuelto sensible a las cuestiones del entorno, prudente, polucionará menos que nosotros, adultos inconscientes y narcisistas. No tiene ya la misma vida física, ni el mismo mundo en número, dado que la demografía repentinamente ha saltado, en el tiempo que dura una vida humana, de dos a siete mil millones de humanos; habita un mundo lleno. Allá en Francia, su esperanza de vida es al menos de ochenta años. El día de su matrimonio, sus bisabuelos se habían jurado fidelidad por apenas diez años. Que él o ella busquen vivir juntos ¿será que acaso lo van a jurar por sesenta y cinco años? Sus padres a los treinta años heredaban, ellos esperarán la vejez para recibir ese legado. No tienen la misma vida, no viven ya las mismas edades, no conocen ya ni el mismo matrimonio ni la misma transmisión de bienes. Yendo para la guerra, flor o fusil, sus padres ofrecían a la patria una esperanza de vida breve; ¿corren aquí lo mismo teniendo ante sí la promesa de seis decenios? Desde hace sesenta años —intervalo único en la historia occidental— ni él ni ella han conocido la guerra, y pronto ni sus dirigentes ni sus maestros. Beneficiarios de una medicina por fin eficaz y, en farmacia, de los antiálgicos y de anestésicos, estadísticamente hablando han sufrido menos que sus predecesores. ¿Han tenido hambre? Ahora bien, ya fuera religiosa o laica, toda moral se resumía en ejercicios destinados a soportar un dolor inevitable y cotidiano: enfermedades, hambre, crueldad del mundo. No tienen pues ni el mismo cuerpo ni la misma conducta; ningún adulto ha sabido ni podido inspirarles una moral adaptada. Mientras que sus padres fueron concebidos a ciegas, su nacimiento fue programado. Como, para el primer niño, la edad media de la madre ha progresado entre diez y quince años, los padres de los alumnos han cambiado de generación. Para más de la mitad, sus padres ya se han divorciado. ¿Han dejado a sus hijos? Ni él ni ella tienen pues la misma genealogía.