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cadenas del espectáculo. En compañía de semejantes que ellos suponen competentes (y
además, no tan seguros de ellos mismos), los Pulgarcitos, anónimos, anuncian con su
voz difusa que esos dinosaurios –que alcanzan tanto más volumen cuanto que están en
vías de extinción– ignoran la emergencia de nuevas competencias. Aquí presente.
Si consultó previamente un buen sitio en la Red, Pulgarcita (nombre de código
para el estudiante, el paciente, el obrero, el empleado, el administrado, el viajero, la
electora, el viejito o el ado, qué digo yo, el niño, el consumidor, en suma: el
anónimo de la plaza pública, al que se llamaba ciudadana o ciudadano) puede saber
tanto o más, sobre el tema que se trata, la decisión por tomar, la información anunciada,
el cuidado de sí… que un maestro, un director, un periodista, un responsable, un gran
patrón, un elegido, un presidente incluso, todos elevados al pináculo del espectáculo y
preocupados por la gloria. ¿Cuántos oncólogos confiesan haber aprendido más en los
blogs de las mujeres afectadas de cáncer de seno que en sus años de facultad? Los
especialistas en historia natural ya no pueden ignorar lo que dicen, en línea, los
granjeros australianos sobre las costumbres de los escorpiones o los guías de los parques
pirineos sobre el desplazamiento de las bicerras. Compartir simetriza la enseñanza, los
cuidados, el trabajo; la escucha acompaña el discurso; la inversión del viejo iceberg
favorece una circulación en doble sentido. El colectivo, cuyo carácter virtual se
ocultaba, miedoso, bajo la muerte monumental, deja el lugar a lo conectivo, virtual
verdaderamente.
Al final de mis estudios, cuando tenía veinte años, me convertí en epistemólogo,
palabra mayor para decir que estudiaba los métodos y los resultados de la ciencia,
tratando a veces de juzgarlos. Éramos pocos en la época a través del mundo; nos
escribíamos cartas. Medio siglo más tarde, cualquier Pulgarcito de la calle zanja sobre
la nuclear, las madres portadoras, los OGM, la química, la ecología. Ahora cuando ya
no pretendo estar en esa disciplina, todo el mundo hoy se vuelve epistemólogo. Existe
presunción de competencia. No os riáis, dice Pulgarcita: cuando la llamada democracia
le dio derecho al voto a todos, debió hacerlo contra los que se escandalizaban de que se
le otorgara, de manera equivalente, a los sabios y a los locos, a los ignorantes y a los
instruidos. El mismo argumento regresa ahora.
Las grandes instituciones que acabo de citar, cuyo volumen ocupa aún todo el
decorado y el telón de lo que llamamos aún nuestra sociedad, mientras que ella se
reduce a una escena que pierde todos los días alguna plausible densidad, al no tomarse
ni siquiera el trabajo de renovar el espectáculo y aplastando con su mediocridad a un
pueblo socarrón, esas grandes instituciones, me gusta volverlo a decir, se parecen a
aquellas estrellas de las que recibimos la luz, pero de las que el astrofísico calcula que
murieron hace ya mucho tiempo. Por primera vez sin duda en la historia, el público, los
individuos, las personas, el transeúnte común y corriente como se decía hasta hace poco,
en suma: Pulgarcita, podrán y pueden detentar al menos tanta sabiduría, ciencia,
información, capacidad de decisión, como la que tienen los dinosaurios en cuestión, a
los que servimos aún como esclavos sumisos, la voracidad en energía y la avaricia en
producción. Como prende la mayonesa, esas mónadas solitarias se organizan,
lentamente, una a una, para formar un nuevo cuerpo, sin ninguna relación con esas
instituciones solemnes y perdidas. Cuando esta lenta constitución se dé vuelta de
repente, como el iceberg que mencionamos, nos dirán que no vieron cómo se preparaba
el acontecimiento.
La mencionada inversión afecta también claramente a los sexos; estos últimos
decenios vieron la victoria de las mujeres, más trabajadoras y serias en la escuela, en el
hospital, en la empresa… que los machos dominantes, arrogantes y flojuchos. Por esto
este libro se llama Pulgarcita. Toca también las culturas, puesto que la Red favorece la