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encuentra en él, o en él se harta. Busca imaginar también una sociedad que
verdaderamente ya no esté estructurada por él. Pero entonces ¿por qué?
¿Y cuántas veces se le pregunta su opinión?
Elogio del hospital
También se acuerda de una visita que hizo a un gran hospital. Entrando en su cuarto sin
llamar, seguido como un macho dominante de hembras sometidas –el modelo bestial se
imponía– el patrón gratifica a su rebaño con un discurso de alto
vuelo mientras le da la espalda a Pulgarcita, acostada, que vive su presunción de
incompetencia. Como en la fac; como en el camello. En el habla popular se dice: lo
creen a uno imbécil.
Cojo , el imbécil, en latín, necesita para sostenerse de un bastón, ese
bacillus de donde vienen nuestros bacilos. Ya levantada, curada, Pulgarcita anuncia una
noticia a la manera de un enigma de Edipo; entre más avanza el tiempo, menos
necesidad tiene el homínido de ese bastón. Se sostiene de pie completamente solo.
Escuchad. Los hospitales públicos de las grandes ciudades disponen de
parqueaderos para sillas o camillas rodantes, en las urgencias; antes y después el IRM u
otro escáner; antes de la sala de operaciones, para anestesia, y luego para el despertar…
Allí se puede esperar de una a diez horas. Sabios, ricos o poderosos del mundo, no
evitéis estos lugares donde se escucha el sufrimiento, la piedad, cólera, angustia, gritos
y lágrimas, a veces oraciones, exasperación, súplicas del que llama a aquellas que no
llama, o deplora a la que no responde, silencio tenso de los unos, espanto de los otros,
resignación de la mayor parte, reconocimiento también… Quien nunca ha tenido que
mezclar su voz a este concierto disonante sabe sin duda que sufre, pero ignorará siempre
lo que significa “nosotros sufrimos”, el común lamento emanado de la antecámara de la
muerte y de los cuidados, purgatorio intermediario donde cada uno teme y espera una
decisión del destino. Si Ud. se hace la pregunta: ¿Qué es el hombre?, dará, escuchará,
aprenderá allí la respuesta, a través de ese barullo. Ante de este oído, incluso un
filósofo sigue siendo un atolondrado.
Este es el ruido de fondo, la voz humana que recubre nuestros discursos y
nuestras charlas.
Elogio de las voces humanas
Este caos no hace ruido solamente en las escuelas o los hospitales, no emana solamente
de los Pulgarcitos en clase o de los sollozos de la espera paciente, sino que llena ahora
todo el espacio. Los propios profesores conversan cuando el jefe les habla; los internos
discuten cuando perora el patrón; los gendarmes hablan cuando el general ordena;
reunidos en la plaza del mercado, los ciudadanos arman jaleo cuando el alcalde,
diputado o ministro, les arroja a sus cabezas su lenguaje estereotipado. Pulgarcita dice
irónica: Citad no más una sola asamblea de adultos de donde no emane, divertida,
semejante baraúnda.
Saturadas de musaque, la algazara de los mass-media y el alboroto comercial
ensordecen y adormecen, de ruido aflictivo y de drogas calculadas, esas voces reales;
más las virtuales de los blogs y de las redes sociales, cuya cifra innumerable alcanza
totales comparables a la población del planeta. Por primera vez en la historia, se puede
escuchar la voz de todos. La palabra humana hace ruido en el espacio y por el tiempo.
A la calma de los pueblitos silenciosos, donde rara vez sonaba la sirena y la campana
(derecho y religión, hijo e hija de la escritura) sucede bruscamente la extensión de estas
redes. Fenómeno bastante general como para ponerle atención, este nuevo ruido de
fondo, batahola de clamores y de voces, privadas, públicas, permanentes, reales o
virtuales, caos recubierto por los motores y los sintonizadores de una sociedad del