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competencia frecuente, fina y adaptada, del obrero (incluso menor de edad) a los lugares
mismos donde los decididores, remotos, comandan el actuar sin preguntarle nada a los
actores, prejuzgados incompetentes. H. Potter es uno de los nombres de guerra de
Pulgarcita.
La palabra empleada expresa esta presunción de incompetencia; en efecto se
trata de someterlo al antojo para explotarlo; como el enfermo se reduce a un órgano por
reparar, el estudiante a una oreja por llenar o a una boca silenciosa por atracar, el obrero
se reduce a una máquina por administrar, un poco más complicada que aquella con la
que él trabaja. Arriba, antiguamente, bocas desorejadas; abajo, oídos mudos.
Ahora el elogio del control recíproco. Restituyendo rostros completos a los dos
niveles, las mejores empresas colocan al obrero en el centro de la decisión práctica.
Lejos de organizar de manera piramidal la logística sobre los flujos y la regulación de la
complejidad, lo que la multiplica por capas de regulación, ellas dejan a Pulgarcita
controlar en tiempo real su propia actividad –paradas detectadas o reparadas más
fácilmente, soluciones técnicas más rápidamente encontradas, mejora de la
productividad– así como examinar también sus mandatarios, patronos aquí, pero más
lejos, médicos y políticos.
Tumba del trabajo
Pulgarcita busca trabajo. Y cuando lo encuentra, sigue buscándolo porque sabe bien
que puede, de un día para otro, perder el que acaba de estrenar. Además en el trabajo, le
responde al que le habla, no según la pregunta planteada sino de manera que no pierda
su empleo. De acá en adelante algo corriente, esta mentira perjudica a todos.
Pulgarcita se aburre en el trabajo. Su vecino carpintero recibía anteriormente
tablones en bruto del aserradero, aserrados en el bosque; luego de dejarlos secar mucho
tiempo, sacaba de ese tesoro y según los encargos: taburetes, mesas o puertas. Treinta
años más tarde, recibe de una fábrica ventanas listas que coloca en los grandes
conjuntos, en aberturas formateadas. Se fastidia. Ella también. El interés de la obra se
capitaliza en las oficina de estudios, allá arriba. Capital no significa solamente
concentración de dinero, sino también de agua en las presas, de mineral bajo tierra, de
inteligencia en una banca de ingeniería alejada de los que ejecutan. La aburrición de
todos proviene de esta concentración, de esta captación, de este robo del interés.
La productividad, que aumenta verticalmente desde 1970, el crecimiento
demográfico mundial, tan vertical y que se añade a la primera, hacen más y más escaso
el trabajo; pronto ¿sólo se beneficiará de él una aristocracia? Nacido en la revolución
industrial y copiado sobre el oficio divino de los monasterios ¿muere hoy poco a poco?
Pulgarcito ha visto disminuir el número de los cuellos azules; las nuevas tecnologías
harán hundir el de los cuellos blancos. ¿No desaparecerá el trabajo en caso de que sus
productos, inundando los mercados, perjudican a menudo el entorno, ensuciado por la
acción de las máquinas, por la fabricación y el transporte de las mercancías? Depende
de fuentes de energía cuya explotación arruina las reservas y poluciona.
Pulgarcita sueña con una obra nueva cuya finalidad sería reparar esos daños y
ser benéfica –ella no habla del salario, ella habría dicho beneficiario, pero de la felicidad
también– para los que la realizan. En suma, ella hace la lista de las acciones que no
producirían esas dos poluciones: la del planeta y los humanos. Menospreciados por
soñadores, los utopistas franceses del siglo XIX organizaban las prácticas según
direcciones contrarias a las que los precipitaron hacia este doble callejón sin salida.
Como sólo hay individuos, que la sociedad sólo se organiza en torno al trabajo,
que todo gira en torno a él (incluso los encuentros, incluso las aventuras privadas que no
tienen nada que ver con él), Pulgarcita esperaría regocijarse en él. O nada de eso