15
Recientemente, todos nos hemos vuelto san Denis.
Nuestra cabeza inteligente salió de nuestra cabeza ósea y neuronal. En efecto, en
nuestras manos, el portátil contiene y hace funcionar lo que antiguamente llamábamos
nuestras “facultades”: una memoria, mil veces más poderosa que la nuestra; una
imaginación, adornada de millones de iconos; una razón también, puesto que tantos
programas pueden llegar a resolver cien problemas que no hubiéramos resuelto solos.
Nuestra cabeza está eyectada ante nosotros, en esta caja cognitiva objetivada.
Pasada la decapitación, ¿qué nos queda sobre los hombros? La intuición
innovadora y vivaz. Caída en la caja, el aprendizaje nos deja la alegría incandescente de
inventar. Fuego; ¿estamos condenados a volvernos inteligentes?
Cuando apareció la imprenta, Montaigne prefirió –ya lo he dicho– una cabeza
bien hecha a un saber acumulado, puesto que ese cúmulo, ya objetivado, yacía en el
libro, en los estantes de su biblioteca; antes de Gutemberg, se necesitaba saber de
memoria a Tucídides y a Tácito si se interesaba en la historia, a Aristóteles y a los
mecánicos griegos si uno se dedicaba a la física, a Demóstenes y Quintiliano si se
quería destacar en arte oratoria… por tanto había que tener llena la cabeza. Economía:
acordarse en qué lugar del estante de la biblioteca está el volumen es menos costoso en
memoria que recordar todo su contenido. Y una nueva economía, radical esta vez:
nadie tiene ni siquiera necesidad de recordar el lugar, un motor de búsqueda se encarga
de ello.
De acá en adelante, la cabeza descabezada de Pulgarcita difiere de las viejas,
mejor hechas que llenas. No teniendo ya que trabajar duro para aprender el saber,
puesto que ahí está, echado ahí ante ella, objetivo, colectado, colectivo, conectado,
accesible a voluntad, diez veces visto y revisado y controlado, ella puede girarse hacia
el muñón de ausencia que sobrevuela su cuello cortado. Por allí pasan el aire, el viento,
mejor: esa luz que pintaba Bonnat, el pintor bombero, cuando dibujó el milagro de san
Dionisio en las paredes del Panteón, en París. Allí reside el nuevo genio,
la inteligencia inventiva, una auténtica subjetividad cognitiva; la originalidad de la chica
se refugia en ese vacío traslúcido, bajo esa bonita brisa. Conocimiento al costo casi
nulo, difícil sin embargo de captar.
¿Celebra Pulgarcita el fin de la era del saber?