Lucía hizo caso de todas las indicaciones preguntándose porque te hacían hacerlo cuando los tripulantes no lo hacen. Sintió como iba descendiendo mirando como cada vez los edificios se hacían más y más grandes.
El avión ya se encontraba por encima de la pista de aterrizaje y pudo sentir como las llantas chocaban y rebotaban sobre la pista. De pronto el avión se encontraba completamente en el suelo y comenzó a recorrerla. Vio y sintió como este poco a poco bajaba la velocidad hasta que se detuvo por completo.
Se desabrochó el cinturón y se paró sin siquiera saber si podía hacerlo. Tomó su bolso del compartimiento de arriba y se fue a las filas de adelante haciendo que después toda la gente hiciera lo mismo.
Esperó algo impaciente a que pusieran el puente que conecta el avión con la terminal que supuso sería la número cinco. Por fin abrieron la puerta y por suerte Lucía se encontraba al principio de la fila para descender del avión. Una aeromoza le sonríe y le dice: -Gracias por viajar con aerolíneas Montego esperamos volver a viajar con usted- le sonrió de vuelta y agachó su cabeza mirando el gris suelo de hule, volteó a los lados y vio una parte del gigantesco avión, en la única cosa en la que podía pensar era su gran deseo de bajar de una vez por todas del avión y recorrer las hermosas calles de la gran ciudad a la que había llegado.
Bajó tan rápido como pudo las escaleras del avión, cada minuto que pasaba le parecía eterno, hasta que, después de recoger sus maletas, pasar por el último chequeo del aeropuerto y cruzar la puerta de salida observó la hermosa noche de Madrid cubierta de estrellas de todos los tamaños que se pudieran imaginar, que pintaban el cielo como si fuera un lienzo negro con gotas de luz. Sintió como sus pulmones se llenaban de el aire tan limpio y trató de asimilar cada detalle que pasaba a su alrededor: las personas que entraban y salían del aeropuerto, los coches que pasaban y las luces de la ciudad que se veían a lo lejos.
Estaba tan concentrada en sus pensamientos hasta que su padre la llamó para que se subiera al taxi que los iba a llevar hasta su hotel. Subieron rápidamente las maletas a la cajuela de este y se subieron. Ya adentro se recostó en el hombro de su mamá, que iba a su lado, y se llevó una gran sorpresa cuando volteo a ver el reloj del taxi ¡Eran las dos de la madrugada! Ni siquiera se había preocupado en ver la hora, y hasta ese momento sintió un gran cansancio sobre ella y dejó que el movimiento del carro y la brisa de la madrugada le ayudarán a caer en un sueño.
Despertó de golpe, aunque su mamá le avisó con ternura y delicadeza que ya habían llegado al hotel. Se sentía tan cansada del viaje que utilizo mucho esfuerzo para ayudarles a sus papás a bajar las maletas. Con mucho más esfuerzo llegó a la habitación y lo único que recuerda es haberse quedado dormida sobre la cama.