"En ese proceso descubrí algo revelador: muchas de las características que veía en mi hijo eran un espejo de mi propia infancia" dice. Y fue allí donde empezó a hacerse preguntas que nunca antes se había permitido formular.
“No era que yo estuviera bien. Era que había aprendido a desconectarme de lo que dolía” reconoce hoy.
Comenzó como una búsqueda para ayudar a sus hijos, se convirtió en un viaje hacia su propia historia.
El miedo a hablar y el cuerpo que se rebela
Durante años sufrió un intenso pánico a hablar en público. Llegaba a medicarse antes de reuniones escolares. Siempre pensó que aquel bloqueo venía del trauma por la muerte de su padre, hasta que en procesos de desarrollo personal descubrió que el origen estaba en experiencias vividas en el colegio.
Cuando empezó a emprender en el ámbito del bienestar —primero vinculada a la cosmética con Mary Kay— volvió a enfrentarse al mismo patrón: cada vez que tenía que exponerse públicamente para contar su historia, su cuerpo se detenía.
Bloqueos físicos, lesiones, operaciones. Como si algo la obligara a parar. A los 46 años, una artritis reumatoide avanzada, lesiones en la cadera y el hombro, y una profunda fatiga la enfrentaron a una realidad: no estaba escuchando lo que su cuerpo llevaba tiempo intentando decirle.