a valorar lo que tengo. Y eso mismo es de lo que carecen quienes niegan sus raíces,
porque negando su pasado, aprenden a no valorar su presente, y se convierten, por
regla general, en gente insoportable y superflua.
Así que le doy las gracias al Arcángel, por segunda vez, delante de todos vosotros, por
haberme tocado vivir en un mundo mejor.
Decía que un pueblo es un grupo de gente con esperanza y que se relaciona entre sí.
Un pueblo donde la gente se junta es un pueblo vivo. Parece que a veces el diablo
mata moscas con el rabo y algunos murmuran demasiado, pero yo soy de la opinión
que incluso esas murmuraciones de visillo son mejores que el silencio. Parece que todos
nos conocemos, pero yo os digo, que ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos, por
lo que es muy osado decir que conocemos a nuestros vecinos. Cuando hablamos mal
de los demás, deberíamos mirarnos a nosotros mismos e intentar conocer nuestras limitaciones, fallos y defectos y mejorarlos. Seguramente, si en ese momento nos miráramos en conciencia, veríamos los mismos fallos que achacamos a los demás.
Pero, ay, amigos, ¡qué difícil y qué duro es mirarse a uno mismo en conciencia, en esta
sociedad hipócrita que la amordaza cada día! ¡Si muchos son capaces de renegar de
su pasado negando que haya sucedido, cuánto más difícil es hacer autocrítica y reconocer una realidad pavorosa, la de que no somos como decimos ser!
Yo le digo siempre a Myriam, mi mujer, que Villaseca es una España en pequeñito. Que
tenemos aquí reflejada a toda España en unos pocos habitantes. Haced el ensayo.
Coged a cualquier español que conozcáis, y encontraréis a un villasecano que se
comporta parecido o que tiene sus características. Por eso, para vivir, no nos hace falta más gente que la que tenemos en Villaseca. Porque, como dijo Don Benjamín al
señor Obispo, y como también decía Don Teódulo (del que guardo muy buenos recuerdos), “…es que los de Villaseca son pocos, pero muy finos”.
Sin embargo, también viene bien, para saber lo que es Villaseca, mirar Villaseca desde
lejos. Coger perspectiva, echarse para atrás, y ver qué es Villaseca desde la lejanía. Yo
he pensado en Villaseca paseando por las melancólicas calles de Bucarest, o mirando
el azul espectacular del cielo cubano en la Ciénaga de Zapata. He recordado las peñas de Los Barrancos mirando el paisaje del Perigord francés. Y todos esos sitios están
muy bien, pero les falta algo. Les falta estar en Villaseca, ser de uno. En suma, ser lugares vividos y con alguna experiencia que contar sobre ellos. Os aseguro, que en mi caso, también desde la lejanía, Villaseca sigue siendo única.
Decía que a veces hay muchos murmullos en un pueblo pequeño, pero también en
ocasiones se nos ocurre hacer cosas buenas juntos, tirando los pelillos a la mar y arrimándonos. Entonces, aparte de honrar a nuestros ancestros, hacemos avanzar todo
esto que ellos nos han legado.
Tenerlo en nuestras manos es una responsabilidad. Porque ellos, nuestros ancestros, no
nos lo dejaron para malvenderlo, destrozarlo o ignorarlo. Nos dejaron este pueblo para
transmitirlo.
Igual que ellos nos dejaron el fruto de su esfuerzo, esa herencia de saberes y de casas,
de vivencias y de tierras (no sólo cosas materiales, sino cosas materiales impregnadas
por su sudor, y experiencias que nos ayudan a comprender lo que somos), igual que
ellos nos dejaron el fruto de sus esfuerzos, decía, nosotros tenemos el deber de mantenerlo, acrecentarlo y transmitirlo. Ese y no otro es el sentido de las herencias.
Por eso, doy las gracias por tercera vez al Arcángel San Miguel hoy, delante de vosotros, por tener algo que transmitir aparte de una mermada cuenta en un banco y una
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