R
1983, cuando un grupo de jóvenes futboleros, entre los que
se encontraba Dávila, decidieron organizar un torneo con
equipos de amigos y disfrutar juntos la pasión. “Yo me en-
cargo de traer cuatro equipos”, dijo uno. “Yo buscaré otros
cuatro”, contestó otro. Ese fue el pequeño empuje para
construir lo que terminó como un palacio.
El presidente del COF cuenta que “nosotros partimos arren-
dando canchas. Eran tantas las ganas de jugar y pasarlo
bien que guardábamos dinero y no fallábamos a la hora
de disputar un torneo. Cuando se parte, cuesta organizar.
Lo más complicado era dónde jugar, cómo llegar y quién
arbitraba”.
UNA GESTIÓN CONSOLIDADA
El inicio del camino fue rocoso, pero la energía juvenil de esta
agrupación de chicos entre 17 y 20 años fue suficiente para te-
ner claro cómo sortear las dificultades. En un principio se tomó
una postura nómade a la hora disputar partidos. Los torneos se
movían de aquí para allá. Partieron en el Banco Sudamericano,
pasando por Vital Apoquindo, la Caja Bancaria y Huechuraba.
De a poco esto tomó forma y el boca a boca empezó a retumbar
por los rincones de Santiago. La conformación y consolidación
de la liga era un hecho, ya era conocida en el sector oriente y
varios equipos querían ser parte de ella, pero como esta crecía,
la estructura organizacional debía seguir un sendero similar,