POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Seite 216
altura, escondido, entre la confusión y desorden originados por el
bombardeo, y arrojó cuatro granadas sobre la masa informe de caballos
muertos, rocas descuajadas y montículos de tierra amarilla que olían
desagradablemente a explosivos, antes de salir del cráter abierto por la
bomba para ir a echar un vistazo.
No quedaba nadie vivo en la cima, salvo el muchacho, Joaquín, desvanecido
debajo del cadáver de Ignacio. Sangraba por la nariz y los oídos. No
había entendido nada. No sintió nada desde el momento en que de repente
se encontró en el corazón mismo del trueno, y la bomba que cayó le había
quitado hasta el aliento. El teniente Berrendo hizo la señal de la cruz y
le pegó un tiro en la nuca, tan rápida y delicadamente, si se puede decir
de un acto semejante que sea delicado, como el Sordo había matado al
caballo herido.
Parado en lo más alto de la colina, el teniente Berrendo echó una ojeada
hacia la ladera, en donde estaban sus amigos muertos, y luego, a lo
lejos, hacia el campo, al lugar desde donde ellos habían llegado
galopando para enfrentarse con el Sordo, antes de acorralarle en la cima.
Observó la disposición de las tropas y ordenó que se subieran hasta allí
los caballos de los muertos y que se colocaran los cadáveres de través
sobre las monturas, para llevarlos a La Granja.
—Llevad a ése también –dijo–. Ese que tiene las manos sobre la
ametralladora. Debe de ser el Sordo. Es el más viejo y el que tenía el
arma. No. Cortadle la cabeza y envolvedla en un capote. –Luego lo pensó
mejor.– Podríais también cortar la cabeza a todos los demás. Y también a
los que están ahí abajo, a los que cayeron en la ladera cuando los
atacamos por primera vez. Recoged las pistolas y los fusiles y cargad esa
ametralladora sobre un caballo.
Descendió unos pasos por la ladera hasta el sitio en que se encontraba el
teniente caído en el primer asalto. Le miró unos instantes, pero no le
tocó.
«Qué cosa más mala es la guerra», se dijo.
Luego volvió a santiguarse y mientras bajaba la cuesta rezó cinco
padrenuestros y cinco avemarías por el descanso del alma de su camarada
muerto. Pero no quiso quedarse para ver cómo cumplían sus órdenes.