POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 215
Los aviones se acercaban rápidamente. Llegaban en oleadas y a cada
segundo el estruendo se iba haciendo más fuerte.
—Tumbaos boca arriba, para disparar contra ellos –dijo el Sordo–. Id
disparando a medida que se acerquen.
Los seguía fijamente con los ojos.
—Cabrones, hijos de puta –dijo apresuradamente–. Ignacio, coloca el fusil
sobre el hombro del muchacho. Tú –añadió, dirigiéndose a Joaquín–,
siéntate aquí y no te muevas. Agáchate. Más. No. Más.
Se echó de espaldas y apuntó con la ametralladora a medida que los
aviones se acercaban.
—Tú, Ignacio, sosténme las patas del trípode. –Los tres pies colgaban de
la espalda del muchacho y el cañón de la ametralladora temblaba por
estremecimientos que Joaquín no podía dominar mientras estaba allí con la
cabeza gacha, escuchando el zumbido creciente.
Boca arriba, con la cabeza levantada para verlos llegar, Ignacio reunió
las patas del trípode en sus manos y enderezó el arma.
—Mantén ahora la cabeza gacha –le dijo a Joaquín–. Más baja.
«La Pasionaria dice: "Es mejor morir de pie que vivir de rodillas...".»
Joaquín se lo repetía a sí mismo, en tanto que el zumbido se acercaba más
y más. Luego, repentinamente, pasó a «Dios te salve, María..., el Señor
es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús.» «Santa María, Madre de Dios, ruega por
nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Santa
María, madre de Dios...», comenzó de nuevo. Luego, muy de prisa, a medida
que los aviones hicieron su zumbido insoportable, comenzó a recitar el
acto de contrición: «Señor mío Jesucristo...»
Sintió entonces el martilleo de las explosiones junto a sus oídos y el
calor del cañón de la ametralladora sobre sus hombros. El martilleo
recomenzó y sus oídos se ensordecieron con
el crepitar de la ametralladora. Ignacio disparaba tratando de impedir
con todas sus fuerzas que se movieran las patas del trípode, y el cañón
le quemaba la espalda. Con el ruido de las explosiones no conseguía
acordarse de las palabras del acto de contrición.
Todo lo que podía recordar era: «Y en la hora de nuestra muerte, Amén. En
la hora de nuestra muerte, Amén. En la hora. En la hora. Amén.» Los otros
seguían disparando. «Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»
Luego, por encima del tableteo de la ametralladora, hubo el estampido del
aire que se desgarra; y luego, un trueno rojo y negro, y el suelo rodó
bajo sus rodillas, y se levantó para golpearle en la cara. Y luego
comenzaron a caer sobre él los terrones y las piedras. E Ignacio estaba
encima de él y la ametralladora estaba encima de él. Pero no había
muerto, porque el silbido volvió a comenzar y la tierra volvió a rodar
debajo de él con un rugido espantoso. Y volvió por tercera vez a empezar
todo y la tierra se escapó bajo su vientre y uno de los flancos de la
colina se elevó por los aires para desplomarse suave y lentamente sobre
él.
Los aviones volvieron y bombardearon tres veces más; pero ninguno de los
que estaban allí se percató de ello.
Por último, los aviones ametrallaron la colina y se fueron. Al pasar por
última vez en picado por encima de la colina martillaron todavía las
ametralladoras. Luego, el primer avión se inclinó sobre un ala y los
otros le imitaron pasando de la formación escalonada a la formación en
uve. Y se alejaron por lo alto del cielo en dirección a Segovia.
Manteniendo intenso tiroteo hacia la cima, el teniente Berrendo hizo
avanzar una patrulla hasta uno de los cráteres abiertos por las bombas,
desde el que se podían arrojar granadas a la cima. No quería correr el
riesgo de que estuviese vivo alguien que los estuviese aguardando en la