POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 161

un tanque. Los españoles, por entonces, llamaban tanque a cualquier cosa. Era un viejo auto blindado. El conductor no quería abandonar el ángulo del edificio para llegar hasta la plaza. Estaba de pie, detrás del coche, con los brazos apoyados en la cobertura metálica y la cabeza, que llevaba metida en un casco de cuero, apoyada sobre los brazos. Cuando Jordan se dirigió a él, el conductor se limitó a mover la cabeza. Por fin se irguió sin mirar a Jordan a la cara. —No tengo órdenes –dijo, con aire hosco. Robert Jordan sacó la pistola de la funda y apoyó el cañón contra la chaqueta de cuero del conductor. —Estas son tus órdenes –le dijo. El hombre sacudió la cabeza, metida en un pesado casco de cuero forrado, como el que usan los jugadores de rugby, y dijo: —No tengo municiones para la ametralladora. Hay municiones en la plaza –le dijo Robert Jordan–. Vamos, ven. Cargaremos las cintas allí. Vamos. —No hay nadie para disparar –dijo el conductor. —¿Dónde está? ¿Dónde está tu compañero? —Muerto –respondió el conductor–; ahí dentro. —Sácale –dijo Robert Jordan–. Sácale de ahí. —No quiero tocarle –dijo el chófer–. Además está doblado en dos, entre la ametralladora y el volante, y no puedo pasar sin tocarle. —Vamos –replicó Jordan–. Vamos a sacarle entre los dos. Se había golpeado la cabeza al saltar al coche blindado, haciéndose una pequeña herida en la ceja, que comenzó a sangrar corriéndole la sangre por la cara. El muerto era muy pesado y se había quedado tan tieso que no se le podía manejar. Jordan tuvo que golpearle la cabeza para sacársela de donde se había quedado embutida, con la cara hacia abajo, entre el asiento y el volante. Lo consiguió finalmente, pasando la rodilla por debajo de la cabeza del cadáver, luego tirándole de la cintura, y, una vez suelta la cabeza, consiguió sacarlo por la portezuela. —Échame una mano –había dicho al conductor. —No quiero tocarle –contestó el chófer. Y en esos momentos Robert Jordan vio que lloraba. Las lágrimas le corrían por las mejillas a uno y otro lado de la nariz, surcando su rostro cubierto de polvo. La nariz también le goteaba. De pie, junto a la portezuela, tiró del cadáver, que cayó sobre la acera, junto a los raíles del tranvía, sin perder la posición que tenía, doblado por la mitad. Se quedó allí, el rostro de un color ceniciento sobre la acera de cemento, las manos plegadas debajo del cuerpo, como estaba en el vehículo. —Sube, condenado –dijo Robert Jordan, amenazando al chófer con la pistola–. Sube ahora mismo, te digo. Justamente entonces vio al hombre que salía de detrás del edificio. Llevaba un abrigo muy largo y la cabeza al aire; tenía cabellos grises, pómulos salientes y ojos hundidos y muy cerca uno de otro. Llevaba en la mano un paquete de Chesterfield, y sacando un cigarrillo se lo ofreció a Robert Jordan que, con el cañón de la pistola, empujaba al chófer obligándole a subir al coche blindado. —Un momento, camarada –dijo a Robert Jordan, en español–. ¿Puede usted explicarme algo sobre la batalla? Robert Jordan cogió el cigarro que se le tendía y se lo guardó en el bolsillo de su mono azul de mecánico. Había reconocido al camarada por las fotografías. Era el economista británico. —Vete a la mierda –le dijo en inglés. Luego, dirigiéndose al conductor, en español–: Tira para abajo, hacia la plaza. ¿Comprendes? –Y había