POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Page 150

—Que te crea el que quiera –dijo Agustín–; yo, no. —Me creas o no me creas –dijo Pablo–, no hay nadie como yo para llevarte a Gredos. —¿A Gredos? —Es el único sitio adonde podremos ir después de volar el puente. Robert Jordan miró a Pilar y se llevó la mano a la oreja, del lado que no veía Pablo, golpeándola ligeramente con un gesto interrogativo. La mujer aseveró y volvió a aseverar. Dijo algo a María y la muchacha se acercó a Jordan. —Dice que es seguro que lo ha oído todo –susurró María al oído de Robert Jordan. —Entonces, Pablo –dijo Fernando, con mucha formalidad–, ¿estás ahora de acuerdo con nosotros sobre el asunto del puente? —Sí, hombre –contestó Pablo, y miró a Fernando a los ojos, mientras asentía con la cabeza. —¿De veras? –preguntó Primitivo. —De veras –replicó Pablo. —¿Y crees que podemos tener éxito? –preguntó Fernándo–. ¿Tienes ahora confianza en ello? —¿Cómo no? ¿No tienes confianza tú? —Sí; pero yo he tenido siempre confianza. —Tendré que irme de aquí –dijo Agustín. —Hace frío fuera –replicó Pablo en tono amistoso. —Quizá –dijo Agustín–; pero no puedo seguir más tiempo en este manicomio. —No llames a esta cueva manicomio –dijo Fernando. —Un manicomio de locos criminales –dijo Agustín–. Y me voy antes de que yo también me vuelva loco.