POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Seite 139
—No dejes que vuelva a comenzar, inglés –rogó el hombre de la cara chata
y la nariz aplastada, llamado Primitivo–, Está borracho. Dime: ¿qué clase
de ganado se cría en tu país?
—Vacas y ovejas –contestó Robert Jordan–. Y en cuanto a la tierra, se
cultiva mucho trigo y judías. Y también remolacha de azúcar.
Los tres hombres se habían sentado alrededor de la mesa, cerca de los
otros. Sólo Pablo se mantenía alejado, ante su tazón de vino.
El cocido era el mismo de la noche anterior y Robert Jordan comió con
mucho apetito.
—¿Hay montañas en tu país? Con semejante nombre debe de haberlas –dijo
cortésmente Primitivo, para sostener la conversación. Estaba avergonzado
de la borrachera de Pablo.
—Hay muchas montañas y muy altas.
—¿Hay buenos pastos?
—Estupendos. En verano se utilizan los prados altos fiscalizados por el
Gobierno. En el otoño se lleva al ganado a los ranchos que están más
abajo.
—¿Es la tierra propiedad de los campesinos?
—Las más de las tierras son propiedad de quienes las cultivan. Al
principio, las tierras eran propiedad del Estado y no había más que
establecerse en ellas declarando la intención de cultivarlas para que
cualquier hombre pudiese obtener el título de propiedad de ciento
cincuenta hectáreas.
—Dime cómo se hace eso –preguntó Agustín–. Esa es una reforma agraria que
significa algo.
Robert Jordan explicó el sistema. No se le había ocurrido nunca que fuese
una reforma agraria.
—Eso es magnífico –dijo Primitivo–. Entonces es que tenéis el comunismo
en tu país.
—No, eso lo hace la República.
—Para mí –dijo Agustín–, todo puede hacerlo la República. No veo la
necesidad de otra forma de gobierno.
—¿No tenéis grandes propietarios? –preguntó Andrés.
—Muchos.
—Entonces tiene que haber abusos. –Desde luego hay abusos. –¿Pensáis en
suprimirlos?
—Tratamos de hacerlo cada vez más; pero hay todavía muchos abusos.
—Pero ¿no hay latifundios que convendría parcelar? –Sí, pero hay muchos
que piensan que los impuestos los parcelarán.
—¿Cómo es eso?
Robert Jordan, rebañando la salsa de su cuenco de barro con un trozo de
pan, explicó cómo funcionaba el impuesto sobre la renta y sobre la
herencia.
—Pero las grandes propiedades siguen existiendo –dijo–, y hay también
impuestos sobre el suelo.
—Pero, seguramente, los grandes propietarios y los ricos harán una
revolución
contra
esos
impuestos.
Esos
impuestos
me
parecen
revolucionarios. Los ricos se levantarán contra el Gobierno cuando se
vean amenazados, igual que han hecho aquí los fascistas –dijo Primitivo.
–Es posible.
—Entonces tendréis que pelear en vuestro país como lo estamos haciendo
aquí.
—Sí, tendríamos que hacerlo. –¿Hay muchos fascistas en vuestro país? –Hay
muchos que no saben que lo son, aunque lo descubrirán cuando llegue el
momento. –¿No podríais acabar con ellos antes que se subleven? –No –dijo
Robert Jordan–; no podemos acabar con ellos. Pero podemos educar al
pueblo de forma que tema al fascismo y que lo reconozca y lo combata en