POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Seite 132
—No –dijo el cabo–. Hablo de los peligros. Me refiero a que hay que
aguantar bombardeos, ataques y, en general, a la vida de las trincheras.
—Aquí no tenemos que sufrir nada de eso –dijo el soldado que estaba
sentado en la cama.
—Gracias a Dios –dijo el cabo–. Pero ¿quién sabe lo que va a caernos
encima? No vamos a estar siempre tan a gusto.
—¿Cuánto tiempo te figuras tú que vamos a quedarnos en este chamizo?
—No lo sé –dijo el cabo–; pero me gustaría que durase toda la guerra.
—Seis horas de guardia es demasiado –dijo el soldado que guisaba.
—Se harán guardias de tres horas mientras dure la tormenta –dijo el cabo–
. Es lo acostumbrado.
—¿Qué han venido a hacer todos esos coches del Estado Mayor? –preguntó el
soldado que estaba en la cama–. No me gustan nada, pero nada, todos esos
coches del Estado Mayor.
—A mí tampoco –dijo el cabo–; todas esas cosas son de mal agüero.
—¿Y qué me decís de la aviación? –preguntó el soldado que guisaba–. La
aviación es cosa mala.
—Pero nosotros tenemos una aviación formidable –dijo el cabo–. Los rojos
no tienen una aviación como la nuestra. Esos aparatos de esta mañana eran
como para poner alegre a cualquiera.
—Yo he visto los aviones de los rojos cuando eran algo serio –dijo el
soldado que estaba sentado en la cama–. He visto sus bombarderos
bimotores y era un horror tener que soportarlos.
—Sí, pero no son tan buenos como nuestra aviación –dijo el cabo–.
Nosotros tenemos una aviación insuperable.
Así era como hablaban en el aserradero, mientras Anselmo aguardaba bajo
la nieve mirando la carretera y la luz que brillaba en la ventana.
«Espero que no tendré que tomar parte en la matanza –pensaba Anselmo–.
Cuando se acabe la guerra habrá que hacer una gran penitencia por todas
las matanzas. Si no tenemos ya religión después de la guerra, hará falta
que hagamos una especie de penitencia cívica organizada para que todos se
purifiquen de la matanza, porque si no, jamás habrá verdadero fundamento
humano para vivir. Es necesario matar, ya lo sé; pero, a pesar de todo,
es cosa mala para un hombre, y creo que cuando todo concluya y hayamos
ganado la guerra, será menester hacer una especie de penitencia para la
purificación de todos.»
Anselmo era un hombre muy bueno, y siempre que estaba solo, cosa que le
sucedía con mucha frecuencia, esa cuestión de la matanza le atormentaba.
«¿Qué pasará con el inglés? –se preguntaba–. Me dijo que a él no le
importaban esas cosas. Y sin embargo, tiene cara de persona buena y de
buenos sentimientos. Quizá sea que para los jóvenes eso no tiene
importancia. Quizá sea que para los extranjeros o para los que no han
tenido nuestra religión no tenga importancia. Pero creo que todos los que
hayan matado se harán malos con el tiempo, y, por mucho que sea
necesario, creo que matar es un gran pecado y que después de esto habrá
que hacer algo muy duro para expiarlo.»
Se había hecho de noche mientras tanto. Anselmo miraba la luz del otro
lado de la carretera y se golpeaba el pecho con los brazos para entrar en
calor. «Ahora –pensaba– es tiempo de volver ya al campamento.» Pero algo
le retenía junto al árbol, por encima de la carretera. Seguía nevando con
fuerza y Anselmo pensaba: «Si se pudiera volar el puente esta noche... En
una noche como ésta sería cosa de nada tomar el puesto, volar el puente y
así habríamos acabado. En una noche como ésta podríamos hacer cualquier
cosa que nos propusiéramos.»
Luego se quedó allí, de pie, arrimado al árbol, golpeando el suelo
suavemente con los pies y ya no pensó más en el puente. La llegada de la
noche le hacía sentirse siempre más solo, y aquella noche se sentía tan