POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS Hemingway,Por quien doblan las campanas (1) | Página 125
cubierta con una tela. Yo asistí al banquete y también algunas mujeres;
Pastora, que es más fea que yo; la Niña de los Peines con otras gitanas,
y algunas putas de postín. Fue un banquete de poca gente, pero muy
animado, y casi se armó una gresca regular al originarse una disputa
entre Pastora y una de las putas de más categoría por una cuestión de
buenos modales. Yo estaba muy satisfecha, sentada junto a Finito, pero me
di cuenta de que Finito no quería mirar a la cabeza del toro, que estaba
envuelta en un paño violeta, como las imágenes de los santos en las
iglesias durante la Semana Santa del que fue Nuestro Señor.
»Finito no comía mucho, porque, en el momento de entrar a matar en la
última corrida del año en Zaragoza, había recibido un varetazo de costado
que le tuvo sin conocimiento algún tiempo y desde entonces no podía
soportar nada en el estómago; y de cuando en cuando se llevaba el pañuelo
a la boca, para escupir un poco de sangre. ¿Qué es lo que estaba
diciendo?
—La cabeza del toro –dijo Primitivo–; hablabas de la cabeza del toro
disecada.
—Eso es –dijo Pilar–; eso es. Pero tengo que daros algunos detalles, para
que os deis cuenta. Finito no era muy alegre, como sabéis. Era más bien
triste y jamás le vi reír de nada cuando estábamos solos. Ni siquiera de
cosas que eran muy divertidas. Lo tomaba todo muy en serio. Era casi tan
serio como Fernando. Pero aquel banquete se lo ofreció un grupo de
aficionados que había fundado la Peña Finito y era preciso que se
mostrase amable y contento. Así es que durante toda la comida estuvo
sonriendo y diciendo cosas amables, y sólo yo veía lo que estaba haciendo
con el pañuelo. Llevaba tres pañuelos encima y los llenó los tres antes
de decirme en voz baja:
»–Pilar, no puedo aguantar más; creo que tendré que marcharme.
—Como quieras, marchémonos –le dije; porque me daba cuenta de que estaba
sufriendo mucho. En aquel momento había muchas risas y bullanga, y el
ruido era terrible.
»–No, no podemos irnos –dijo Finito–. Después de todo, es la peña que
lleva mi nombre y me siento obligado con ella.
»–Si estás malo, vámonos –dije yo.
»–Déjalo. Me quedaré. Dame un poco de manzanilla. »No me pareció muy
sensato que bebiese, ya que no había comido nada y sabía cómo andaba su
estómago; pero, evidentemente, no podía soportar por más tiempo el
bullicio y la alegría sin tomar algo. Así es que vi cómo bebía
rápidamente una botella casi entera de manzanilla. Como había empapado
todos los pañuelos, se valía ahora de la servilleta.
El banquete había llegado a una situación de gran entusiasmo, y algunas
de las putas que pesaban menos eran llevadas en andas alrededor de la
mesa por varios de los miembros de la peña. Convencieron a Pastora para
que cantase y El Niño Ricardo tocó la guitarra. Era una cosa de mucha
emoción y una ocasión de mucho regocijo para beber con los amigos en
medio de gran jolgorio. Nunca he visto en un banquete semejante
entusiasmo de verdadero flamenco, y sin embargo no se había descubierto
aún la cabeza del toro, que era, al fin y al cabo, el motivo de la
celebración del banquete.
»Me divertía de tal forma, estaba de tal modo ocupada tocando palmas para
acompañar a Ricardo y tratando de formar un grupo para que tocase palmas
acompañando a La Niña de los Peines, que no me di cuenta de que Finito
había empapado su servilleta y había cogido la mía. Continuaba bebiendo
manzanilla, tenía los ojos brillantes y movía la cabeza con aire de
contento mirando a todos. No podía hablar, porque si hablaba temía el
tener que echar mano de la servilleta; pero tenía el aspecto de estar